Pido sentarme en la esquina de la mesa

Por Ana Celia Pérez Jiménez

¿Quién está escondido en el dolor que guardamos celosamente?, ¿cómo ese amuleto de suerte, ¿cómo esa prenda que sentimos que nos da identidad?, ¿quién nos dio ese dolor o tal vez heredó?, ¿será que algunos nacemos tristes?, ¿será que mucho empatizamos con esa soledad y dolor desde el vientre, quizá era mucho espacio, tal vez no el suficiente?

¿Qué es este dolor que siento, me pregunto?, cuándo es latente… ¿es un nombre?, ¿tiene nombre?, ¿es nuevo o es viejo?, ¿por qué me embarga y lo dejo?, ¿será que siento necesidad de ese desconsuelo, de esa ola de memoria que me traga para purgar felicidad no merecida, felicidad que robe de alguien, las injusticias que a otro provoque quiero que ahora me lastimen y me duelan en mi sistema de propia justicia donde de acuerdo a los libros, a la sociedad y el mundo, no debo y puedo ser tan feliz?

¿Sentimos que merecemos estar en dolor?, ¿será que nadie se libró del pecado de nacimiento y el sentido de culpa es como respirar en el humano y en los creyentes del hijo?

Y es necesario porque el que no ha llegado a su tono más negro, no sabe de los rojos, de los verdes, del blanco, no sabe de la vida.

Para saber ser felices debemos de saber ser tristes comienzo a creer, saber balancear los sentimientos, saber andar en ambos sin perdernos, andar en el sol y la lluvia sin enfermarnos, quemarnos o caer en corriente.

Hay una costumbre de la evasión y en cierto modo bien vista o quizá nadie ha escarbado en ella para saber que su cimentación reposa en mentira, la mentira propia que es la más fuerte y burda de todas. La naturaleza guarda el secreto para los observadores, los que buscan mejor, los que saben de la historia y la conocen, los que aspiran a una graduación de la tierra.

Quizá comienzo con notas amargas y fuertes, pero es la única manera de llegar a las palabras que calman y resuelven. Recuerden que soy yo la que escribe y no lo sé todo, soy un punto que grita y a veces deletrea, pero me abro con los que puedo y hablo de eso que siento, que toco, que pienso y les tengo la confianza para divagar de esta forma, como si estuvieran en mi mesa, como si compartiéramos un té, como si hubiéramos dado el sorbo a la primera copa.