Patear el avispero 

Por Daniel Salinas Basave

Cada cierto tiempo, generalmente alrededor del 12 de octubre, suelo publicar textos en donde expongo mi punto de vista en torno al descubrimiento de América y la conquista de México. Lo he hecho varias veces en las últimas dos décadas y el resultado siempre es un virulento y acalorado debate en el cual se involucran cientos de personas. No falla.

Tradicionalmente me da por abordar y discutir desde un ángulo polémico temas relativos a diversas etapas y personajes de la historia de México. Recientemente en este espacio cuestioné el que Miguel Hidalgo sea considerado el Padre de la Patria, de la misma forma que en su momento he cuestionado el legado de Benito Juárez o el olvido al que se ha condenado a Agustín de Iturbide, pero la experiencia me ha demostrado que ningún tema de la historia de México levanta tantas pasiones como el de la conquista de México. Parecería un asunto demasiado machacado, discutido hasta el hartazgo, pero irremediablemente cada que está en el centro del debate, genera ámpula y reacciones viscerales.

Parece ser que la conquista y el mestizaje siguen siendo heridas abiertas que no dejan de sangrar. Lo increíble es que esta discusión tiene más de dos siglos reciclándose.

Ahora, con el uso político que el presidente de la República ha estado dando al tema, al exigir a la Corona española una disculpa por los agravios cometidos contra los pueblos originarios, el debate entre indigenistas e hispanistas vuelve a saltar a la palestra. A ello debemos sumar las nuevas sensibilidades millennials y la cultura “woke”, los eternos ofendidos que insisten en juzgar hechos y personajes de hace cinco siglos, bajo los criterios de la moral actual. Ello ha dado como resultado que se ponga de moda derrumbar o destruir estatuas de Cristóbal Colón en diversas partes del mundo.

El debate es añejísimo. Una construcción simplota y reduccionista lo encuadra en que la izquierda se envuelve en la visión de los vencidos y la derecha enaltece el legado hispanista, lo cual es una gran patraña.

Yo no soy cristiano ni creo en ningún dios y sin embargo me siento plenamente identificado con la herencia española y no reniego de ella. Regar la planta del rencor y el resentimiento por puro y vil oportunismo político me parece esencialmente manipulador y miserable. Todos los gobiernos nacionalistas han intentado vender la idea de que los aztecas “eran México” y que nuestra “grandiosa nación de poetas y arquitectos” fue invadida por una depredadora y rapaz potencia europea, lo cual es una vil  manipulación.

Los libros de texto desde tiempos de Echeverría te hacen creer que “nosotros” fuimos esclavizados durante tres siglos por unos codiciosos extranjeros de los cuales nos liberamos después de una heroica guerra de independencia. Eso es un cuento ridículo y manipulado, pero por desgracia, millones de mexicanos resentidos y con serios complejos de inferioridad se aferran a creer ese embuste.

Mesoamérica no era una nación, sino un territorio en donde habitaban cientos de etnias, la mayoría de las cuales guerreaban entre sí. Las independencias de los virreinatos americanos no fueron guerras entre naciones sino la implosión de un imperio que se desmembró en repúblicas embrionarias.

El estado mexicano nació jurídicamente en 1821 y nuestra bandera tricolor original simboliza la unión, no el eterno resentimiento. Da lo mismo. Está herida está condenada a sangrar por la eternidad y siempre habrá políticos dispuestos a explotarla.