Paseando entre bombas de tiempo (parte 2)

Por Adriana Zapién y Valente García de Quevedo

La semana pasada les contaba sobre la explosión en el puerto de Beirut, que durante años fue una bomba de tiempo para todos los que trabajaba, vivían y circulaban en los alrededores, y que el cuatro de agosto de 2020 dejó muchos heridos, sin contar el costo de las perdidas materiales. Y hoy les contaré sobre otro tipo de bombas de tiempo a las que se enfrentan todos los días los habitantes de las ciudades objetivo del terrorismo y que también enfrentamos los viajeros cuando las visitamos.

Hace algunas semanas reseñé el caos en las entradas a los aeropuertos de nuestro viaje de fin de año, y no precisamente por la sobrecarga de una temporada alta operando a su máxima capacidad, sino por las amenazas de los terroristas, que tienen el objetivo de hacer el mayor daño posible para dejar huellas profundas producidas por una guerra psicológica.

Dice Patrick J Kennedy, sobrino de John F. Kennedy y cofundador de la organización sin fines de lucro dedicada a la salud mental “One Mind”, que los terroristas intentan modificar nuestro comportamiento provocando miedo, incertidumbre y división en la sociedad.

Y ahí radica el mayor daño posible, en el miedo. La consecuencia del miedo se reflejó en las largas filas y chequeos exhaustivos que pasamos Valente y yo en las entradas a los aeropuertos JFK y Charles de Gaulle el pasado fin de año. Entre Nueva York y París las autoridades estaban nerviosas, especialmente en estado de alerta ya que independientemente, que después del 9/11 el mundo y la manera de viajar cambió, hay ciertas ciudades consideradas objetivo del terrorismo por ser y contener símbolos de cosas que algunos radicales extremistas odian como París y Nueva York.  

Cuando digo radicales lo hago para evitar señalar algún grupo, ya que los colectivos radicales tienen diferentes causas; pueden ser grupos externos o pueden ser internos y no todas las amenazas son en contra de lo que simboliza occidente, también las hay contra los gobiernos, o para desestabilizar y comenzar guerras.

En este caso la amenaza mayor en París y Nueva York venía de la tensión por la guerra entre Israel y el grupo terrorista Hamas; así que toda Francia estaba en alerta “muy alta” por amenaza terrorista especifica para la Nochevieja.

Francia había desplegado 90,000 agentes para vigilar el país entero de los cuales 6,000 estarían concentrados en París. El anuncio lo daba el ministro del interior Gerald Darmanin ante una amenaza terrorista muy elevada.

Al mismo tiempo Nueva York tenía la misma alerta que se hacía pública después de que el director del FBI Christopher Wray declaraba que las amenazas terroristas contra Estados Unidos estaban en su punto más alto, derivado de lo que sucede en la Franja de Gaza.

Wray decía: “Nunca he visto un momento en el que todas las amenazas sean elevadas exactamente al mismo tiempo”, refiriéndose a muchas banderas rojas parecidas a las del 9/11 que no se debían subestimar. Así los servicios de inteligencia de cada país y organismos como la Interpol se comparte información para identificar amenazas y sus ejecutores, que sin darnos cuenta ellos detienen y desactivan mientras los habitantes y visitantes de ciudades objetivo paseamos entre esas bombas de tiempo.

Concluyo diciéndoles que hace años pensé que sí quería proteger a mi alma viajera tendría que impedir a toda costa que me invadiera el miedo. Eso hago siempre y el pasado fin de año no fue la excepción a pesar de la amenaza. Hicimos el miedo de lado y viajamos con libertad.