Para estos días que vivimos: La comedia en la mentira política

Por José A. Ciccone

Lo hemos observado en estas últimas semanas, cuando en los debates por la presidencia de nuestro país, las candidatas, se acusaron mutuamente de mentirosas, sembrando muchas estelas de dudas a los ciudadanos, a quienes les dejaron la tarea de concluir sobre quién de las dos -o ninguna- está diciendo la verdad. ¿No sería más productivo e informativo, haberse centrado más en propuestas que en permanentes acusaciones? ¿Nadie les avisó a los aspirantes que los debates y quien los ganó o perdió, al final no significan de gran peso a la hora que los ciudadanos estén parados frente a las urnas el 2 de junio y elijan el que sea de su preferencia?

Cuando oímos la palabra política siempre nos imaginamos cosas positivas, que van desde la construcción de un mejor país hasta una renovación acompañada de innovaciones que tanto requiere nuestro querido México.

Sin embargo, este vocablo ha ido perdiendo fuerza y la gente empieza a decepcionarse a partir de mentiras comprobadas que alguna vez se propusieron como verdades absolutas dentro del ámbito local y mundial.

En algunos países se manejan teorías como las de la novela del Gatopardo: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”, entonces es cuando nos preguntamos: ¿cómo y con quién inicia este proceso devaluatorio de la política a partir de la mentira -hoy alimentada y multiplicada por los Fake News y los Deep Fakes, que para disfrazar verdades se pintan solos-, en algo tan necesario e imprescindible para una mejor vida de los ciudadanos de bien que pretendemos ejercer la verdadera democracia en sana convivencia? 

Quizás como parte de una respuesta, tomo como ejemplo vivificante al más brillante autor de comedias en la literatura griega, Aristófanes, que utilizaba los escenarios como campo de batalla para sus manifestaciones sociales y políticas, criticaba con dureza y humor satírico lo que consideraba demagogias inoportunas.

Imaginemos a este personaje viviendo en nuestro tiempo, seguramente no le alcanzarían los gigantescos escenarios actuales, más las masivas y poderosas redes sociales, donde cupieran tantas críticas suyas.       

Instrumento eficaz

En política la mentira nunca fue, se sabe, solamente un antivalor; en frases atribuidas a sus pensadores o practicantes suele aparecer como un instrumento de respetable eficacia, y en la expresión oral de los entrenamientos políticos cotidianos insiste como el indicador de la definitiva asunción, por parte del neófito, de los poderes y limitaciones de un oficio. Asunción feliz, la mayoría de las veces, como nos lo enseñaron el teatro, la literatura o el cine en muchos y variados ejemplos del arte.

La mentira política se articula, es obvio, con el deseo de poder, y entonces también, con la búsqueda del camino más rápido hacia el logro de un objetivo individual o de grupo: la ganancia de un espacio de maniobra, la consolidación de una relación de dominio, la ruptura de un vínculo oprimente. Sin embargo, no parece instalarse de la misma manera en el discurso del poderoso que en el del oprimido, en ambos casos puede ser convocada como recurso, pero sólo en el dominador aparece como herramienta programática.

La propuesta mentirosa del cambio aparente, o de continuidad exitosa, nunca podrá ser formulada por aquel a quien mueve una necesidad desesperada. Para su opuesto, en cambio, puede constituir el recurso obligado en el trámite de la constitución de una alianza discursivamente novedosa, que oculte la permanencia de un vínculo ya existente, entonces una vez allí, puedan juntarse comedia y tragedia. Así ocurre en la trama de

Los Caballeros de Aristófanes, que el adjudicarle rasgos trágicos a una comedia clásica requeriría alguna fundamentación más seria que la que personalmente pueda intentar; pero digamos que en ese caso, hay fusión de destinos individuales y colectivos, fatalidad de las acciones atraídas por determinaciones que exceden a la conciencia de los mismos protagonistas…y que lo demás es comedia. Maldiciente comedia en las que unos aristócratas logran desplazar a un orador popular levantando a un oponente que grita más que él, insulta y hasta promete más que él, pero por sobre todo, miente: sobre su enemigo, sobre sí mismo, sobre lo que dará a sus seguidores. Además, su mentira tiene un libreto, elaborado secretamente por los caballeros para el nuevo orador, un amañado vendedor de embutes, que nunca podría producirlo solo. Pero en la función de estreno hubo algo más, es evidente. Generando un desarmante efecto de enunciación, Aristófanes representó en el estreno de su comedia, el papel principal, ante la negativa gremial de los actores a colaborar en la burla a un orador democrático, y apareció con la cara pintada, ante otra resistencia sindical, la de los fabricantes de máscaras, a cumplir con el mismo objetivo de caricaturizar lo que le parecía injusto para la sociedad, al final su empecinado valor, fue aplaudido por un público que en principio se le mostraba desconfiado y hostil.

¿Tanto valor para sostener una parábola escénica en que se glorificaba el poder político de la mentira? Pero es que la mentira, allí, no venía sola. Estaba acompañada por el efecto de la verdad descriptiva, del gozoso costumbrismo de la comedia, y componía con él un eje de solidez deslumbrante. Y de esa asociación, precisamente, la mentira política de los poderosos parece alimentarse y vivir. La epifanía de lo cotidiano irrumpe más fácilmente en un discurso conservador que en un llamado a la lucha por la justicia. Los placeres de la mesa y la cama se viven en la casa y no en una plaza. Y cuando se afirma valorarlos por sobre todas las cosas, la conjuración de las conflictivas novedades de allá afuera, puede proponerse sin atenuantes, apelando a un uso sencillamente instrumental de la brutalidad y la mentira; una metáfora arquitectónica se verá en el borde de ambos espacios, y consistirá en una baranda pintada, para el alejamiento, aparentemente civilizado de los vecinos.

Por los siglos de los siglos, si en vez de leer Los Caballeros, buscamos en cualquier plataforma disponible aquella vieja y extraordinaria película del griego Costa Gavras, Z, (aún vive) -ganadora de un Oscar en 1969-, allí veremos vivir y mentir jubilosamente a los malos, y morir resignadamente a los buenos, en una versión más contemporánea del conflicto entre la casa y la plaza, el tema arrastra una estructura dramática ya consolidada, más allá de los diferentes planteos iniciales y finales, obviamente opuestos. Y la mentira triunfa en esta película, entre el olor de frutas frescas, un verdulero delator y el resplandor de las camisas lucidas por el homosexual fascista. Del otro lado, el aburrido deber político, sin mesa ni cama, de los hombres de gris y seguramente, del propio director. En el mencionado film, ocurre al final todo lo contrario, la derrota de los políticos es perfecta y completa, como la información que guía los entretenimientos más sencillos descrito por la teoría de los juegos. El enemigo desea y goza, mientras de este lado un autor transparente se esfuerza por hablar como un hombre de una sola palabra y un solo rostro. Que no es.