Ovación

Por Maru Lozano Carbonell

Hay más de dos millones de personas que tienen gastritis, colitis, estrés, depresión, ansiedad y un largo etcétera de situaciones incómodas.

De acuerdo a datos de la SEP y el SIGED, para 2017 hubo dos millones sesenta y seis mil maestros que formaron parte del Sistema Educativo Nacional. Le podemos entonces agregar el número que pensaste porque estamos en 2020 y porque los centros educativos son más.

Son muchos millones de personas de los cuales, ya nos dijo el Dr. Ángel Díaz Barriga, doctor en pedagogía de la UNAM, un alto porcentaje son mamás. ¿Te imaginas trabajar lo propio más lo de cada hijo?

Si bien es cierto que la escuela es el espacio donde el alumno aprende lo significativo para su vida y las autoridades dicen que siga el plan de estudios como si no pasara nada, olvidamos que la mitad de la población no tiene internet ni dispositivos electrónicos y que en realidad sí pasa mucho.

Tenemos a nuestros entacuchados secretarios y demás autoridades promoviendo educación por televisión, por radio y por supuesto, la que más reflectores tiene: La digital, donde entran nuestros profesores con ese estrés, con esa ansiedad, con ese desconocimiento, nada de práctica y por supuesto, con cero capacitación, ¡a entrarle como puede! Ese maestro que pospone tiempo de calidad y cantidad para los suyos y se avoca a enseñar como sea los contenidos que está forzado a cubrir.

El maestro sabe que no todos sus alumnos pueden, sabe cómo está la situación en muchos de los hogares, entonces da el extra y se entrega de más.

El maestro de la pandemia tiene que lidiar con las excentricidades de sus directores que piden seamos artistas de calidad, transmisores de conocimientos, magos, payasos, actores de alto rendimiento y carisma porque resulta que toda la familia verá, escuchará y por supuesto, juzgará al docente dando clases.

El maestro de la pandemia tiene que modificar entonces sus planeaciones, escribirlas para satisfacer y merecer su salario -en muchos de los casos reducido- y complacer a los papás.

El maestro tiene que hablar de uno a uno con ciertos alumnos para ayudar, acompañar, asesorar y enseñar, al mismo tiempo que amasa y suaviza las emociones tirantes.

Al maestro ya no le quedan muchas fuerzas para dar en su casa, quizá el área del comedor esté repleta de recortes, material didáctico, el ordenador, o como mi hija que es docente, tiene que grabar sus clases en la madrugada porque todos en casa necesitamos silencio para poder trabajar como muchos bajo la modalidad “home-office”, pero al día siguiente se levanta temprano para estar disponible y contestar lo que surja desde las casas de sus alumnos.

El maestro de la pandemia de los que se gradúan este ciclo, tiene que animar de una manera insólita al triste y frustrado alumnado que de pronto ha perdido el sabor a gloria y sentido académico.

¿Cómo llevar esa estructura controlada a cada casa? Si en la escuela es difícil lidiar con Inspección, Dirección, padres de familia renuentes, alumnos con necesidades educativas especiales, rezagos, apatía y demás. Pues es el maestro el encargado de “cargarse de más” y montar todo de corazón a corazón. El maestro sabe que a muchos alumnos se les negó el acceso digital por no pagar colegiatura. Podríamos seguir…

Maestros, ¡aplausos de pie!