Oscura democracia 

Por Daniel Salinas Basave

Empiezo a escribir este texto al anochecer del martes 3 de noviembre. Frente a mí un mapa de Estados Unidos dividido en azul y rojo en la pantalla. El conteo de votos avanza en forma angustiante y progresiva. Por ahora la moneda está en el aire.

He leído a no pocos intelectuales estadounidenses, entre ellos mi admirado Paul Auster, quienes afirman que su país está tan roto y enemistado como no lo estaba desde 1861, cuando estalló la Guerra de Secesión. El encono, la desconfianza y la vil rabia descarnada parecen sentar sus reales en la añeja y sui generis democracia norteamericana cuyos criterios de conteo y valoración de votos siguen pareciéndome anacrónicos e impropios del mundo moderno. Acaso su Colegio Electoral y su sistema de puntaje por entidad tendría que ser reformado. Resulta cuando menos cuestionable que sea siempre Florida y los intereses muy particulares de un puñado de estados quienes acaben por definir el rumbo de la democracia más influyente del planeta.

Estados Unidos es en este momento el espejo y el termómetro de un mundo enfermo. La polarización parece ser la regla y no la excepción en las sangrantes democracias del mundo occidental. Veo ese mapa fragmentado en dos colores y reparo en que nuestros vecinos parecen encarnar dos países irreconciliables en donde la mutua incomprensión no difiere demasiado de las causas que llevaron a unionistas y confederados a desangrarse en una guerra civil. Ha amanecido y la moneda sigue angustiosamente en el aire y como era predecible, Donald Trump ya escupe acusaciones de fraude y elección robada. Pensilvania, la tierra natal de Joe Biden, mantiene en vilo al mundo.

En lo personal no tengo una buena razón para desear que gane Joe Biden pero tengo muchísimas razones para desear que pierda Donald Trump. Biden no me produce nada, pero Trump me produce un profundo asco. Biden me parece un candidato gris y pusilánime; un café descafeinado, una cerveza sin alcohol, pero Trump me resulta un vomitivo, un insulto a la injuria, un escupitajo.

Tal vez lo podría resumir en un solo concepto: decirle no a la reelección de Trump significa rechazar la tendencia populista y totalitaria que infecta a no pocas democracias, incluido México. La política de la adoración ciega al líder, del estás conmigo o estás contra mí, la perorata resentida y polarizante que ve como como a un indigno enemigo a todo aquel que se atreva a disentir o cuestionar. Cerrarle el camino a esa clase de liderazgo significa un soplo de vida para los liberales del mundo, un poco de luz al final de un túnel que apesta a fascismo.

Más que una elección entre dos proyectos de nación, parece un plebiscito limitado al sí o al no, la aceptación o el rechazo de la peor clase de líder que ha gobernado una democracia occidental desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Biden es simplemente la pared de rebote.

Los comicios parecen ser un gran examen de conciencia a la nación estadounidense. Trump significa el triunfo de discurso del odio, el culto a la personalidad, el barato populismo, las energías sucias, el cristianismo retrógrada e intolerante, el racismo cada vez más descarado. Por lo que a Biden respecta sólo puedo decir que me identifico en su filia por la ciencia, el respeto a las minorías, la agenda ecologista y laica. No sé a ciencia cierta qué podemos esperar de Biden, pero sí sé que un alto al trumpismo significa un acto de dignidad, un rayito de esperanza en tiempos oscurísimos. El conteo sigue su marcha. Nos esperan días muy tensos.