On Drink

Por Dionisio del Valle

Así se llama el último libro de un simpático inglés de nombre Kingsley Amis. En este título recoge anécdotas y comentarios de sus tres publicaciones previas: Sobre el beber, El trago nuestro de cada día y El estado de tu copa. Este prolífico poeta, novelista y guionista para programas de radio y televisión, entre otras de sus múltiples monerías, era un consumado y divertido bebedor. Siempre en contra de todo tipo de convencionalismos, Amis estaba de acuerdo con escuchar las opiniones y las recomendaciones de quienes se dicen o sienten expertos en todos y cada uno de los distintos tipos de bebidas existentes y la mejor forma de combinarlas. Después de oírlos bebe lo que se te antoje, solía decir. Hoy en día, por ejemplo, están de moda las cervezas artesanales. Con ello no quiero decir, para que no me malentiendan, que quisiera yo que se quedara en moda. Ojalá deje de serlo y se convierta en costumbre y realidad permanente para que aumenten los volúmenes y bajen los precios de ésta variopinta oferta de cervezas casi casi “hechas a mano”.

Pues sucede que cuando asistimos a degustaciones, catas o como ustedes quieran llamarlas, los jóvenes artesanos se dan a la tarea de explicarnos que una chela no es nada más una chela que pueda uno tomarse para refrescar el cogote y darle alegría al espíritu. Como bien dice Amis, todo este rollo del CO2, los lúpulos y la calidad de la malta es fascinante, pero la vida es corta y la sed apremia. Me gusta, me la tomo. Luego surge el asunto de lo que antes se llamaba “coctelería”. Al evocar esta palabra uno enciende la pantalla cerebral que recrea una imagen inconfundible, la del bartender detrás de una imponente barra, impecablemente vestido, con camisa blanca de manga larga, ceñido chaleco, pajarita negra al cuello y concentración absoluta en su siempre sorpresiva alquimia. Un mago que combina licores de todo tipo con ingredientes impensables para crear pequeñas obras maestras bebibles. Hoy en día el bartender tradicional se ha convertido en una especie de malabarista y la coctelería de antaño en algo que ahora se llama “mixología” y en la que, eso lo digo yo, no Amis, los cócteles insustituibles, o al menos eso pensábamos, como el Martini, el Manhattan o una auténtica Margarita, han sido desplazados por un “mono loco”, un “nocautamarindo” o un “osotenebroso”, preparados con destilados de dudosa procedencia, en el mejor de los casos.

Sir Kingsley Amis aborda un sinnúmero de temas que van de las preferencias a las cantidades y de los orígenes a las calidades de cualquier tipo de bebida con contenido alcohólico y, por supuesto, se refiere también al vino. En su carácter de librebebedor, que lo fue hasta que se retiró de la vida en el año de 1995, arremete en contra de los enterados o gurús del vino. Dice que se parecen a ciertos abogados que conspiran a tu alrededor, cuando recurres a ellos para realizar alguna consulta. Entonces empiezan a envolverte en una complicada maraña de términos incomprensibles hasta convencerte que no puedes prescindir de su ayuda para resolver el dilema. ¿Con qué se supone que debo tomarme este tipo de vino? ¿Será que está barato porque es de mediana calidad, o será que es muy caro porque ha de estar buenísimo? ¡Cómo hemos complicado las cosas en el tema del vino! Y sobre todo en los países en los que no hay una cultura arraigada de consumo y en los que tenemos que dar mil vueltas para llamar la atención de los consumidores, siendo que se trata de un alimento que ha estado con nosotros desde hace miles de años.

Regresar a lo simple sin perder nuestra capacidad de asombro y de análisis es la mejor recomendación para disfrutar del vino. Como todo en la vida, mientras menos complicado (que no complejo, que es diferente) mejor. Amis siempre tuvo razón, cuando se trata de disfrutar de algo o con alguien hay que tomarse las cosas con menos seriedad, huir de los protocolos, evitar a los circunspectos y, sobre todo, relajarse. Aprende uno más de quienes se divierten en y con lo que hacen que con aquellos que andan por la vida con unas ganas locas de tratar de demostrar que saben más que nosotros. Y en esto del vino, créanmelo, ¡los hay por montones!