Nuestras huellas vacías

Por Daniel Salinas Basave

Nada, ni nuestras diez mil fotos en Facebook ni el puntual registro de nuestras cotidianas nimiedades, nos salvará del olvido que seremos. La película Coco habla de la segunda muerte, la definitiva, aquella que se produce cuando el muerto es por completo olvidado. Para la inmensa mayoría de los seres humanos esa segunda muerte es inevitable. Hagas lo que hagas, el manto del olvido acabará por imponerse.

Hagamos un ejercicio, ¿sabes cómo se llama alguno de tus tatarabuelos? En caso de que lo sepas, ¿serías capaz de evocar dos momentos de su vida? Sí, puede que tengas una referencia, pero en cualquier caso será vaga, nebulosa e indirecta. ¿Cuántas fotos existen de tu abuelo? Unas cuantas. ¿Cuántas fotos de tu bisabuelo? Poquísimas, tal vez ninguna.

Si a mí me diera de pronto por investigar a fondo los detalles de la vida de una tatarabuela en afán de contar su historia, lo más probable es que me quede con las manos vacías y deba recurrir a la ficción. ¿A qué documentos tendría acceso? Tal vez una apergaminada fe de bautizo o una borrosa acta de nacimiento o de matrimonio. Hace muy pocos años un ser humano se iba del mundo sin dejar registro. Su legado eran sus hijos. La historiografía de la vida cotidiana suele romperse la cabeza a la hora de retratar un día en la vida de un hombre común.  Acostumbrados como estamos a que el foco de la Historia se concentra en acontecimientos o personajes políticos, militares y  artísticos, el retrato de los seres sin huella ni legado sigue siendo un desafío.

En teoría, si dentro de cien o doscientos años un historiador quisiera escribir la biografía de una persona común que haya vivido en las primeras décadas del Siglo XXI, tendría un montón de hilos disponibles de dónde jalar y una multiplicidad de fuentes a las cuales recurrir. Las huellas de nuestro paso por la vida son miles. Además de las incontables fotos, hemos sido registrados en instituciones, comercios, agrupaciones. La Secretaría de Hacienda ha hecho un código de barras con el iris de nuestros ojos y nuestras huellas digitales. Relaciones Exteriores, el Instituto Electoral, el gobierno federal de Estados Unidos tienen nuestras huellas, nuestro expediente y nuestras fotos. Nuestra imagen ha quedado registrada en las cámaras de vigilancia de centros comerciales y edificios públicos y nuestro nombre queda impreso y digitalizado en miles de nimias transacciones comerciales cada que pagamos con una tarjeta.

Por discreto que sea tu rol en la vida y por bajo que sea tu perfil, es muy posible que haya mínimo algún registro tuyo en Google. Si un historiador se da a la tarea de hacerlo, tiene fuentes de sobra para narrar la historia de tu vida. Lo paradójico es que aún con todas esas huellas, nada nos rescatará del olvido que seremos. A menudo me pregunto: ¿Qué pasará  dentro de cincuenta o cien años con esas miles de fotografías que subimos a Facebook? ¿Qué ocurrirá con todos esos twits incendiarios? ¿Quién se tomará el tiempo de ver esa seductora foto en Instagram? ¿Alguien verá tu perfil dentro de medio siglo?

Acaso la verdadera hazaña en nuestro mundo moderno sea poder navegar por la vida sin dejar huellas ni registro. Ese es el verdadero acto de heroísmo.

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