Notas al margen: Un encuentro con Víctor Ochoa

Era yo una estudiante en la carrera de Comunicaciones y Cine, en San Diego State University, hace varias décadas, y había un personaje que me impactaba no sólo por su entereza y compromiso como artista, sino por su activismo político. Era el auge del movimiento Chicano. Me refiero a Víctor Ochoa. Marchas contra la discriminación y la defensa de los derechos humanos de los trabajadores indocumentados, o de los migrantes; desplegados, conferencias, y los murales con tema social narrando el mítico regreso de Aztlán en el Chicano Park o en el corazón de Balboa en el Centro Cultural de la Raza, bajo su dirección, eran parte del ambiente que me acercaba al arte mexicano; desde entonces abrazaba con desmedida pasión el trabajo de los muralistas como Rivera, Orozco y Siqueiros.

Y así, esta mañana ocupada en los avatares de la vida cultural, desayunando muy temprano chocolate de molinillo y conchitas de pan dulce con frijoles refritos, como se sirven en Veracruz, conversando con Don Andrés Chavarín y más tarde, en la rueda de prensa que anunció formalmente que Tijuana es Ciudad Invitada en la Feria del Libro de Los Ángeles, llegue acalorada, a sentarme en una mesa de la Casa del Mole, para comer con tan afamado personaje: Víctor Ochoa.

Recordamos una serie de personajes y temas en común, en una nostálgica conversación, cuestionando de mi parte qué había quedado del movimiento Chicano. Ochoa por supuesto defiende, dice que todos los movimientos se transforman, pero que aún arde la llama en todo aquel que atienda temas de derechos humanos y discriminación. Ochoa es un artista fronterizo en toda la extensión, no es hechizo, ni actor de discurso y ambos pensamos en el chilango Guillermo Gómez-Peña, muy corto ante verdaderos activistas hasta la médula como en su momento lo fue Herman Baca. Entonces, muy avezada por ímpetus de juventud, no tenía pudor para escribir de lo que consideraba eran los grandes temas de momento que publicaba en el Semanario Zeta, (el de Don Jesús Blancornelas, no el de Adela) y me mezclaba en las marchas, hacía boletines y organizaba conferencias a donde iban los líderes chicanos para hacer sus denuncias. Me invitaba otro personaje, Ralph Inzunza padre, cuyos hijos muy niños entonces, darían mucho de qué hablar y llevarían eventualmente al traste lo que se conocía como la Dinastía Inzunza. Cuántas historias. Me impresionó conocer el suicidio de mi maestro de arte en Southwestern, Michael Schnorr. Se lanzó del puente de Coronado –me dice- muy cerca de alguno de los murales que pintó en las bases de la estructura en Chicano Park. Y así, entre el pollo en mole, el arroz, el chamorro de puerco, el café de olla, trascurrió el encuentro de quien dice: “el arte ha logrado que yo me desborde, me exprese y me pueda parar en cualquier parte del mundo.” Me reconforta saber que Ochoa sigue en búsqueda de los colores, y antes de despedirnos me explica con lujo de detalle, como ahora, el rojo, es distinto.