Notas al margen: Nina Moreno: Pinto lo que vivo

Cuando llegó a la Escuela Nacional de Artes Plásticas con una maleta en una mano y en la otra, sus estuche de pinturas, le llamó la atención que un hombre limpiaba las paredes con un soplete, cuando preguntó qué estaba haciendo le contestaron que estaban limpiando la sangre de los estudiantes, era el inicio de la década de los setenta.

Nina Moreno compartió esta y otras vivencias en el CEART como parte del programa Una vida dedicada al arte que reconoce la trayectoria de artistas regionales y abre un dialogo con el público y los amigos que han acompañado a los artistas en sus distintas etapas.

Cuenta Nina Moreno que tendría apenas un año de edad cuando empezó a dibujar. Daba sus primeros pasos y se perdió en la casa, cuando su mamá la encontró después de un buen rato, dio con la pequeña entretenida rayoneando cuanto espacio en blanco encontrara en los libros de la biblioteca familiar. Desde entonces su madre colocaba por varias partes de la casa, montoncitos de papel donde Nina pasó rápidamente de rayar solamente, a realizar figuras que podían ser reconocidas.

Nina nació en Cuernavaca, Morelos y vivió su primera infancia en Chiapas donde aprendió a observar y descubrir los misterios de la exuberante naturaleza que le rodeaba.

La pintora llegó a Tijuana a los 12 años y cuenta que se le llenaron de los ojos de azul cuando conoció el mar y  la intensidad del cielo de Baja California. En contraste a lo que había vivido en Chiapas, aquí encontró el desierto, lo árido de un paisaje que sin embargo también la cautivó.

Mientras Nina Moreno nos platica, hace pausas y saltos en el tiempo, observa las imágenes que se proyectan con un registro de sus obras y hace observaciones de las redes de triángulos, de los personajes que plasmó, de los matices azul y plata en alguna planta iluminada por luces de luna y de las historias que encierra cada cuadro porque afirma: yo pinto lo que vivo.

 Nina Moreno aprendió a vivir de su pintura desde sus tiempos de estudiante en la Ciudad de México donde solía entrar a un restaurante sin un peso, con mucha hambre y sus lápices y papeles; una vez instalada, ahí dibujaba a los comensales a quienes vendía sus dibujos y no solamente ganaba para pagar la comida, sino que aún le quedaba para el transporte.

Hoy en día, no vemos con frecuencia a Nina haciendo vida social, de modo que se aprecia la gestión de Vianka Santana, directora de CEART por invitar a la artista que se la pasa pintando en su casa estudio, allá en pleno centro de Tijuana frente al parque Teniente Guerrero donde por muchos años ha sostenido una galería de arte, promoviendo además, el trabajo de otros artistas. Fue un agasajo escuchar a Nina Moreno evocar sus memorias y acompañarla en el viaje de sus recuerdos.