Notas al margen: Me rindo

A veces uno se rinde ante ciertos temas. Cuando empecé escribir sobre asuntos del arte, nunca perdí oportunidad de preguntar a cada artista que se cruzaba por mi camino, qué elementos daban realmente valor a una obra.

  

Por qué un óleo realizado por un artista conocido, vale más que uno realizado por un estudiante, si el trabajo del estudiante es de buena factura, e incluso me gusta más que el del artista reconocido. Eran preguntas muy simplonas. Quizá cada periodista se plantea como novato las mismas dudas y espera obtener una respuesta que le dé luz. Son preguntas reiterativas que también se hacen quienes no participan de lleno en el medio cultural. Quien no ha escuchado, ante alguna obra abstracta, decir: “¡Oh! mi hijo de cinco años puede hacerlo mejor, por qué pagar miles de dólares por esta obra”.

Recibí muchas respuestas, había quienes atribuían el éxito de un artista a sus dones de marcadólogo. Otros decían que la etiqueta de arte, sólo podría ser atribuible al producto de quien se dedicaba de tiempo completo a la creación y no a quienes lo hacían como un hobby.

Aunque a veces, quienes se dedican unas horas al arte, tienen mayor capacidad para expresarse. Pero ¿acaso puede haber artistas de medio tiempo? Me rindo. Al menos entre los músicos lo veo difícil, un virtuoso por lo menos ha de dedicarse de seis a ocho horas diarias al estudio de la música y la práctica de su instrumento, pues el virtuosismo por ósmosis en este caso no existe.

He visto también aparecer en el campo de la plástica, la muy cuestionada figura del curador, tomando un lugar tan protagónico y estratosférico, que muy pocos se atreverían a contradecirlo, para no pecar de ignorantes.

Otro punto eterno de discusión es saber cómo empatar un producto artístico que logre alcanzar a un público masivo y no se tache, debido al éxito, de ser un arte corrupto. Y cómo resiste el artista que rechaza realizar trabajos por encargo, porque siente que se prostituye.

¿Importa darle gusto al público? ¿Debo escribir (pintar, hacer cine, bailar) pensando en quien me observa? Acaso el arte está condenado a ser apreciado por una élite, o hasta el hombre iletrado es capaz de mostrar sensibilidad ante una verdadera obra de arte porque ésta apela a los sentimientos más hondos y primitivos del ser humano.

¿El arte hay que entenderlo? ¿Explicarlo? Me rindo. No se explica el dolor de una despedida, ni el sofoco de la muerte; ni lo encendido de un rojo, o lo iluminado del blanco sobre el blanco. Veo que las preguntas no tienen respuesta definitiva. Hay creadores que responden a la ley de oferta y demanda y se esfuerzan por entender los principios de la economía para hacer de su arte un negocio redituable.

Yo me rindo, ya no pregunto. Pero me rindo también frente a un Guernica de Picasso, o frente a los Cuervos de Van Gogh, o cuando veo una película de Tarkovsky, o cuando leo a Benedetti, o cuando un niño de cinco años, esboza su autorretrato y me revela los colores de su inocencia.