Nostalgias del porvenir

Por Daniel Salinas Basave

Escribo en la mañana del 24 de diciembre mirando el Pacífico desde la ventana del Café Conrado. Una sobrecarga de voltaje ha dejado nuestra casa sin energía eléctrica y he tenido que salir desesperadamente a buscar un lugar para conectarme y escribir. Un inoportuno accidente doméstico en momentos en que hay mil y asuntos pendientes por resolver.

Anoche retornamos de una intensa escapada de cuatro días a Disney. Poco a poco se ha ido volviendo una tradición pasar el cumpleaños de Carolina en este santuario de las sorpresas. Demasiadas ideas cruzan por la cabeza mientras hacemos fila frente a los juegos. Acaso el centro de todos los pensamientos es el tratar de concebir la forma en que nuestro hijo Iker asimilará y procesará todos estos recuerdos cuando se transformen en piel de nostalgia. La memoria de la magia puede transformarse en el combustible para la vida adulta. Muchos de los recuerdos más antiguos de mi temprana infancia están asociados a los viajes y a la Navidad.

La música, el entorno visual, los olores y los sabores son poderosas máquinas del tiempo que nos transportan a instantes de nuestra niñez tocados por una suerte de embrujo. Los años parecen correr con prisa, la vida se acelera pero hay detalles esenciales que permanecen y nos hacen creer que por un momento volvemos a ser niños ilusionados con la llegada de esta fecha. Estos momentos se reinventan una y otra vez en las sonrisas de nuestros hijos. La Navidad vuelve a tener sentido en la medida en que hacemos todo lo posible por crear un mundo encantado para nuestro hijo.

La única certidumbre, mientras deshojo instantes como quien arroja al aire los pétalos de una flor, es que la vida era una barca que navegaba apacible sobre un río de agua mansas; después de transformó en un tren y ahora es un cohete espacial que viaja con prisa hacia alguna parte. De pronto, sin decir agua va, la mitad del camino de nuestra existencia quedó atrás. Nunca creí que la tanguera frase “veinte años no es nada” encarnaría de forma tan realista en nuestras vidas.

En 1998 viví mi primera Navidad bajacaliforniana sin intuir siquiera que aquí transcurrirían todos los 25 de diciembre por las siguientes dos décadas. Esta es mi Navidad número 21 en Baja California. En ningún lugar del mundo he pasado tantas navidades. He rodado de acá para allá, pero al final del camino la Nochebuena transcurre siempre aquí, en la esquina norte frente al rejego océano. El oleaje invernal del Pacífico es el mismo; también la luz y el viento, aunque el espejo me arroje en el rostro  lo que significa la mitad de una vida. Cazadores del presente perdido, de instantes que conformarán la nostalgia del porvenir, conjuros contra el olvido que seremos.

La Navidad es una fiesta riquísima llena de ancestrales elementos paganos que más allá del nacimiento de un dios, celebra el triunfo de la luz y la unidad entre los hombres. Aunque yo soy ateo y no creo en ningún dios, celebro con gusto estas fechas y mucho más ahora que soy padre de familia. Para mí la Navidad es la sonrisa de mi hijo Iker frente al arbolito iluminado y creo que son las sonrisas de millones de pequeñitos alrededor del planeta entero lo que de verdad ilumina a la humanidad y hace que esta vida valga la pena ser vivida. Ese es el verdadero triunfo de la luz sobre la oscuridad.

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