Norteñida narrativa

Por Daniel Salinas Basave

En las últimas dos semanas me han preguntado tres veces si me considero un narrador del norte y qué pienso de las letras desparramadas por estos rumbos del país.

Yo no niego la cruz de mi parroquia: soy norteño y mi entorno suele ser el mayor proveedor de mi narrativa. Escribo siempre desde el norte y muy a menudo (aunque no siempre)  sobre el norte. Nací en Monterrey y emigré a  Tijuana, lo que se traduce en vivir dos formas extremas de norteñidad.

Cuando de narrativa de ficción hablamos, casi tres cuartas partes de las historias que he escrito se desarrollan en escenarios de las regiones donde habito o he habitado. Mi mayor seminario de escritura creativa fue ser reportero en Tijuana y de manera inevitable esa experiencia de vida callejera se ha reflejado en no pocos párrafos.

Ahora bien, ¿cuáles son las características que otorgan el certificado de norteñidad en la narrativa, si es que semejante cosa existe? No escribo en spanglish ni uso la jerga de un cholo del Barrio Logan y, aunque admiro a Eulalio González, no suelo abusar del riquísimo glosario piporriano ni me da por plagiarle expresiones a mi tocayo Daniel Sada. ¿Soy menos norteño por eso?

Fuerte sigue siendo el debate en torno a la existencia de una narrativa norteña y su real influencia en el canon nacional. Hay quienes consideran absurdo regionalizar las artes y colgarles una etiqueta basada en el lugar de origen del creador. Sin embargo, es innegable que a finales de los años noventa y principios del nuevo milenio, una generación de narradores  norteños marcó la pauta en la literatura mexicana.

«Por puro principio de libre asociación, hablar de narrativa fronteriza evoca imágenes estereotípicas, un bestiario de personajes y jergas capaces de representar el non plus ultra del cliché. Dentro de los parámetros del canon literario nacional, lo fronterizo debe necesariamente oler a relatos de narcos, polleros y mojados; historias de sueños y tragedias en la tierra de nadie;  vidas náufragas que pierden su identidad en medio de ninguna parte, narradas (de preferencia) en riguroso spanglish. Del escritor fronterizo esperamos un espíritu de cantante de corridos berreando en medio de una cantina malamuertera, una épica a lo Tigres del Norte o un romancero de barrio chicano», escribí en El lobo en su hora. Hay por supuesto una narrativa que no por su fidelidad al cliché es prescindible. Por el contrario: existe una cofradía de narradores  capaces de llevar hasta el barroquismo todos los elementos que el canon le ha colgado a la literatura border; creadores de uno y otro lado de la barda que derrochan malicia e ingenio con el estereotipo.

Sin embargo, también creo que se puede ser radicalmente norteño sin necesidad de explotar el prototípico bestiario. En lo personal, tengo unos ocho o nueve relatos cuyas tramas se desarrollan muy lejos de México sin una mínima mención al país y su cultura. Por ejemplo, tengo un cuento cuya trama transcurre en Kazajstán, otro en Sierra Leona y una novela corta sobre los Balcanes, pero ni siquiera esos exilios narrativos me arrancan el karma de la norteñidad.