Normalidad, esa demencial utopía

Por Daniel Salinas Basave

26 de mayo. “Volver a una nueva normalidad” es un concepto que lleva encarnada la contradicción. No se puede volver a lo que es nuevo y tampoco puede normalizarse de inmediato una novedad. Aunque el concepto “normalidad” siempre será una subjetividad entrecomillada, estaremos de acuerdo en que algo nos resulta normal cuando se vuelve cotidiano, repetitivo y deja de sorprender.
La palabra normal viene de norma. Es lo que se ajusta a la regla, al valor promedio, a lo predecible. Cuando algo es normal sabemos lo que podemos esperar y lo tomamos como base para estructurar nuestra vida. El gran problema es que la nueva normalidad no será normal precisamente porque no tenemos idea de lo que pueda llegar a suceder.

Si al momento de recibir el 2020 creíamos tener algunas cosas claras y hacíamos planes basados en ellas, hoy han desaparecido por completo y nos queda por herencia sólo la incertidumbre. Nadie sabe a ciencia cierta en qué escenario estaremos inmersos dentro de tres meses, a mediados de agosto, cuando en teoría los niños vuelvan a clases. El comportamiento de la pandemia no es tan predecible como los epidemiólogos quisieran ni parece correr de manera paralela con el ánimo y el humor social.

En la última semana de mayo todo a nuestro alrededor nos manda el mensaje de que esto ya se está acabando. La gente está harta y quiere volver a apropiarse de la calle. Aquí en Baja California la cuarentena fue siempre como una “llamada a misa”, un mal chiste que casi nadie tomó en serio, pero en estos días da la impresión de haber desaparecido casi por completo. La gente sale por cualquier pretexto mientras los tres órdenes de gobierno van planeando el extraño retorno.

La gran paradoja es que la llegada de la nueva normalidad coincide con el pico más alto de nuevos contagios en México mientras en ciudades como Mexicali el virus se multiplica. Acaso inconscientemente esperamos que la enfermedad emprenda una retirada voluntaria en una suerte de milagro divino, aunque lo más probable es que acabemos por inventariar el riesgo de contagio como parte inherente de nuestra vida diaria, de la misma forma que salimos a la calle sabiendo que está siempre abierta la posibilidad de morir en un accidente automovilístico, en un asalto o en un fuego cruzado. Después de todo, en nuestra “apacible vida normal tijuanense” circulamos por calles de una ciudad en donde se cometen seis o siete asesinatos diarios y no por ello nos quedamos guardados en casa.

Probablemente eso es lo que suceda. El Covid-19 seguirá haciendo de las suyas y sin duda nos faltan aún muchas muertes por llorar, pero acaso les daremos menos importancia. Tal vez eso se acabe por volver lo “normal”. En cualquier caso, la única certidumbre es que ya no podremos volver a ninguna parte. En mayor o menor medida, hemos sido desterrados de un mundo en donde el apretón de manos, el abrazo y el beso eran parte de nuestra vida cotidiana y donde la convivencia se daba sin miedos ni reservas.

Más allá de los temas sanitarios, la enfermedad ha acelerado el derrumbe formas de vida y modelos de negocios. Queremos retornar a un mundo de piso firme e ideas claras, pero hoy por legado nos queda un entorno de arenas movedizas y vientos siempre cambiantes donde la incertidumbre será la norma. Al fin y al cabo, lo normal.