No todo lo evito

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Siento como si de repente anduviera de un cuarto a otro sin paz alguna, sin cordura alguna  (buenos no es como que normalmente tengo mucha), por pasillos largo de esos que al fondo pierden la luz, escaleras sin promesa de elevación, andamios sin propósito, ruinas de pisos, paredes que intentan dividirme de algo, decir algo, separar el aire que habita dentro de una casa, que no es mi casa, un edificio vacío de esos que ves sin alma como yo a momentos, de esos grises y pálidos que inventan historias fantasmales, de abandono, desconsuelo y tristeza.

Sin parar vago, ando, me quedo sin aliento quizá eso también es por llevar más de 4 años sin practicar un deporte (vaya que llevo bien el conteo) por dar rienda a mis vicios y gustos, me siento en la pared, lo frío de ella escala y sube a mi espalda, me hace levantarme y seguir más allá de mi cansancio y condición vergonzosa, entre un blanco a otro blanco, entre el concreto y pedazos de madera que anuncian la humedad que invade sus clavos, que invadió sus cimientos. Uno o mejor dicho yo a veces soy un alma en pena, viviendo y desperdiciando ese verbo que es más como un adjetivo calificativo en mis días nublados, en los días que me desalojo, en los días de búsqueda, en los días que siento que no puedo estar un segundo más en la realidad que me carcome, en mi cuerpo que perece, en mis ganas que se pierden. 

Cómo estarme quieta en el dolor, cómo quedarme para ser invadida por la tormenta que puedo oler en mis pasos y en la tierra que voy levantando, esa tierra que sabe que se espera el diluvio, ese cielo que se carcajea entre truenos porque así sonríe no por una malicia, la naturaleza nunca es mala. Yo sola y en ese solo tengo miedo a mi miedo, al fantasma que me persigue a caer en ese remolino de confusión en el que sé hundirme, sé ahogarme, pensar en el pasado y en ese pasado me regresó otro piso, donde las citas de psicólogos van por minuto; quizá viví muy joven lo que de  adulto apenas se digiere, quizá soy intolerante a la quietud  vendida, a la meditación de mercadotecnia, a la felicidad de gestos en fotos y al compromiso de esos que uno firma y hasta se coagula la sangre. Me molesta lo ordinario, lo ordinario de mis decisión y mi visión cuando no estoy consciente, cuando creo y llevo el novenario de lo extraordinario, de lo celeste y tengo dos veladores a lo místico del cielo y las estrellas, pero hay días que esta humana sólo puede serlo y solo puede sentir las pequeñas gotas del diluvio dentro, de ese que ya está cayendo.