No me iré con el intento

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Me pregunto si hay gloria para los mediocres. Aquellos que siempre andan por la raya, a punto de caer y apenas sosteniéndose, entre siendo y no queriendo, entre queriendo y no siendo. Tantos interpretándose a sí mismos de una forma tan carente de fuerza y de ganas, no representan el latir, el motivo de lo animado, al “ser vivo”; el empuje del sueño, la adorable visión del impacto, el gran error de tu vida. Aquel que no arriesga como dicen en verdad no gana, ni el golpe, ni la experiencia, por algo nuestros colores dentro son más fuertes que la misma piel, son el contraste de la fuerza y la calma, de lo tangible y lo imaginable, nuestro cuerpo mismo es la metáfora de la existencia y olvidamos el milagro y nos sentimos tan poco, tan muchos y en ese mucho sentimos que se pierde nuestra relevancia, de las acciones o de la vida individual; y puede ser que eso sea cierto, pero es tu vida, lo único certero, llénala de todo de todo lo que puedas, cae, sufre, piérdele el miedo al dolor, ‘vuelveselo’ a tener, que el dolor se cura, pero la muerte hasta ahorita no.

Nunca he comprendido esos que de todo se cuidan, que de la gripe, que del otro, de la caída, del engaño, del desamor, de la desilusión, de la quiebra, del desprestigio, de la calle donde todo sucede, del país donde todos atacan, pero de nada, absolutamente de nada de eso tenemos el control, si podemos dejar de vivirlo, pasar en blanco, ¿pero habremos vivido entonces? Queremos conservar un cuerpo sin marcas para que así lo devoren los gusanos. La cautela ayuda pero no evita, previene pero aun así todo sigue pasando, como debe ser y será por los siglos.

En un mundo tan incierto, tan infame, tan viciado, lo mínimo que le debemos a la historia de nuestros años es ser reales con nosotros mismos, luchar por lo que queremos y amamos, dejar de inventarnos excusas o sacar la eterna bandera del miedo a la muerte. Cambiar un elemento de nuestras vidas, invitar a la familia a que viva, ver a los niños jugar fuera, enseñar el significado de las experiencias y el gran valor de los momentos; esas son las verdaderas riquezas, que si yo me voy de este mundo quiero irme llena, de memorias, besos, amores, llanto, de todos los tonos de los sentimientos, saber que cuando mi cuerpo descanse en verdad estará descansado de mí y de esta vida que le di.

Lo hemos confundido todo a veces creo, porque no me jacto de saberlo, hemos malinterpretado lo que es vivir, lo que es crecer, el saber, el experimentar y el amar; todos cuidando la cáscara y dejando secar el néctar. Hay que gastar la vida viviendo, no dando de a poquito, hasta ahorita yo nunca he visto lleno de vida a un muerto.

 

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