No disponible

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Puedo encontrarme sin tener que dar mayor explicación, así como desaparecer, ser, evitarme y aparentar. Puedo permitirme fallar las veces que quiera y la veces que no quiera y así suceda también, porque yo sola me tengo, me perdono, me observo, me llevo por esta vida que experimento de esta forma y llamo mía porque no sé a quién se la podría adjudicar.

Me es difícil a momentos y a otros más complicada, pienso mucho, no me cesa la cabeza, los escenarios de todos los temas, los guiones y con distinto reparto que entran y salen de escena sin importarles horarios o escenas repetidas y el meditar no siempre me funciona, no soy tan saludable como quisiera.

Soy tajante últimamente porque batallé para recobrar muchos aspectos de eso que llamo mío, mis bordes, mis límites, eran muy borrosos y tengo tiempo que los estoy marcando, volviendo hacer ese surco, subiendo un poquito la barda, recobrándome, reconociéndome, estando a solas por un rato, quiero escuchar qué me platico, qué historia me cuento y qué me hace feliz.

También es bueno purgar el cuerpo, la mente y el alma de tanto y tantos, ver al sol, poner a la ventana, como cuando buscamos la mancha en la prenda, así mismo, pero en cada cosa acumulada dentro, ver qué se va, que se queda, que es reparable, que va a la basura. Somos seres de ciclos y ciclados. Son buenos esos momentos depurativos, de confrontación propia, dónde no queda más que ir derecho y decirnos la verdad por más fuerte, dura o lastimosa que sea.

Nos tenemos sólo a nosotros mismos y eso es sólo parte de mis creencias no de mis saberes y pienso que debemos tenernos enteros, en una relación sincera, real y amorosa, que sea la mejor de todas, la que ponga la pauta al resto, la que haga la diferencia, tu propia diferencia.

Debemos aprender a estar con uno mismo y de allí y de ahí parte todo, parten todos y parte uno mismo. Un sillón cómodo, una cama amplia, una taza grande, una mesa con varios libros.