¡Naturaleza, vida y muerte!

Por José Cervantes Govea

 

“Deseo poco, y lo poco que deseo, lo deseo poco”. San Francisco de Asís.

Quienes llevan las cuentas de la población mundial dicen que somos 7,200 millones de human@s, más los animales y los millones de bacterias y microorganismos, sin contar  las diversidad del reino vegetal que también tiene vida, que conformamos los cinco reinos de la naturaleza de la biosfera terrestre. Todos sobre la superficie y dentro de las aguas de un mismo planeta:

La Tierra, nuestra casa, vehículo sideral que se mueve en el espacio infinito del cosmos. Salvo la especie humana, como una sola –“mankind”- y algunos animales mamíferos, el resto de la creación carece de inteligencia y voluntad,  y ninguno, salvo el hombre, tiene conciencia de su temporalidad.

De razón y entendimiento ni hablar, tampoco la tienen. Pero todos –la biosfera entera- sufren hambre, frio, sed y enfermedades y, desde luego -tarde o temprano-, naturalmente somos presa de la muerte. Ninguno, salvo el hombre, es capaz de ordenar, escribir y acopiar cronológicamente los acontecimientos como historia e información para usarlos como referencias y para prever, proveer y protegerse de los embates de la madre naturaleza y  no “tropezar con la misma piedra dos veces” o no “caer en los mismos errores”.   

Los conocimientos son otros factores, sólo de los humanos, que nos permiten actuar conscientemente.

La naturaleza carece de inteligencia  y tiene leyes que no obedecen a nadie. La vida y la muerte son parte de ella y deben iniciar y terminar naturalmente, no por la acción iracunda de la animalidad humana.  Al margen de sentencias divinas, -como ‘Dios da la vida y sólo él la quita’-, ningún humano debe quitarle por gusto, consigna o paga  la vida, no digamos a un animal, a un@ de sus semejantes.  

Lejos de la subsidiariedad y solidaridad para abatir la  pobreza material e intelectual, los deseos llevan  a muchos a cometer toda clase de actos contrarios al bien: parece que “el hombre contra el hombre” es la consigna.

Parece que la guerra es sino humano ineludible para “podar” la especie.  Ante la proliferación humana, la pobreza material e inequidad que generan hambrunas y muertes,  la vestimenta, calzado, vehículos,  joyas y viviendas que presumen algun@s poc@s y entre estos much@s polític@s,  además de ser innecesarias para su subsistencia,  son una infamia y un crimen de lesa humanidad cuando asesinan, roban, mienten o conspiran para obtenerlos.  

Por todo esto no entiendo la inconsciente “cultura de la muerte” de algun@s especímenes humanos, que sin ningún escrúpulo privan de la vida a sus congéneres.

Otr@s matan animales solo por el gusto  de vestir sus pieles o exhibir sus cabezas disecadas como trofeos en sus mansiones.  

San Francisco le pidió a Dios: “Haz de mí un instrumento de tu paz, que donde haya oscuridad yo lleve luz, que donde haya tristeza yo lleve alegría, que donde haya odio yo lleve amor”. Los monjes del Tíbet son ejemplo viviente de lo poco que los humanos necesitamos para vivir nuestra breve vida.

 

*José Cervantes Govea  radica en Tijuana, es Contador Público egresado de la U.A.B.C. y Abogado egresado de UNIVER Tijuana. Acepta comentarios a jocegovea@yahoo.com