Morir sin testamento

Por Óscar Díaz

Cuesta mucho trabajo reflexionar acerca de la muerte, es un tema comúnmente evadido y en el que muy pocos quieren profundizar. Causa temor, incertidumbre, miedo, nostalgia, inseguridad, impotencia, depresión, dolor. Pensar en nuestra mortalidad es complicado, resulta difícil reconciliarse con la idea de la inexistencia. Para la mayoría de las personas y familias es un tabú, del que sólo se habla cuando las circunstancias lo hacen necesario.

Es curioso pero, siendo un evento que con toda seguridad ocurrirá, en lugar de preparar lo necesario para cuando suceda, tendemos a eludir la idea pensando que al hacerlo postergamos su materialización. Se pierden preparativos importantes y conversaciones muy valiosas e informativas, sólo por evitar la incomodidad de imaginar que la muerte nos alcance, o le ocurra a un ser querido.

La evitación popular no se limita sólo al tema de la muerte, sino también a varios otros temas que gravitan alrededor de éste, como por ejemplo el del testamento, que se traduce en una manifestación de una última voluntad para cuando suceda el evento. Dicho acto está asociado normalmente con los bienes del testador, pero en estos documentos también se puede hablar de otras cuestiones; por ejemplo, en ellos se puede hacer el reconocimiento posterior de un hijo, o disponer sobre pensiones alimenticias, entre muchas otras cosas, y tiene aplicación a partir de la muerte del testador. Para muestra de su impopularidad basta un botón: según cifras oficiales, solamente poco menos del 4% de la población en México tiene un testamento. Esta es una de las razones por las que existen tantas propiedades irregulares en el país.

Hoy en día los testamentos notariales son por muchas razones los más recomendados; la fe pública de la que goza el notario y su profundo conocimiento de leyes y de estos temas en particular, lo hacen la opción adecuada. Además, hacer un testamento es más económico, práctico y rápido de lo que varios piensan.

Desde hace muchos años se ha desarrollado una campaña gubernamental en nuestro país denominada “Septiembre, mes del testamento”, que busca fomentar y difundir precisamente la cultura del testamento. Con dicha campaña, y de la mano del notariado mexicano, se busca anualmente incentivar la realización de testamentos entre los ciudadanos, donde se prevea de mejor manera la incertidumbre de su muerte, y se disponga lo necesario en relación a sus bienes con suficiente anticipación, con el afán de evitar posibles conflictos posteriores, ya sean familiares o sociales por la falta de previsión. Lo que poco se difunde es que en realidad dicha campaña no solo abarca el mes de septiembre, sino que además también se extiende hasta el mes de octubre.

Morir sin testamento teniendo bienes es una invitación al conflicto por su adjudicación. En estos casos los bienes les corresponderán a determinadas personas según su parentesco con el difunto, y sus porciones serán determinadas por el número de parientes que tengan derecho a heredar, de acuerdo a la ley. Para ello deberá iniciarse un juicio hereditario, cuya dificultad y costo responderán a la realidad de cada caso en particular, pero mientras que esto sucede y alguien se decide a iniciar dicho proceso y a patrocinarlo, los bienes estarán siempre en poder de alguien, de manera irregular. Hay unas ocasiones en que esto sucede por años y a nadie le afecta, pero hay otras en las que inmediatamente surgen problemas o dificultades entre los herederos por dichos motivos.

Los testamentos no son una panacea, pero ayudan mucho. Aunque se haga un testamento siempre será necesario que los beneficiarios en su momento realicen un trámite judicial o notarial para que dicho documento pueda ser leído de manera oficial y entre en vigor; sin embargo, se trata de un procedimiento mucho más sencillo y económico que si no se tuviera.

Un testamento deja clara la voluntad del difunto y por lo general elude los conflictos familiares posteriores al fallecimiento, ya que no deja margen a las dudas y a las malas interpretaciones relacionadas con la voluntad del testador sobre el destino de sus bienes. Hacer un testamento es un acto de gran responsabilidad familiar y social.