Mitos del Bicentenario: Maestro Palavicino

De Ugo Palavicino tengo demasiado claro el primer día que lo vi en mi vida y también el último. El primero, fue en marzo de 2010, en un improvisado estudio en Plaza Las Palmas donde me tocó encabezar un efímero proyecto de televisión. Fue Andrés Chavarín quien me recomendó que le hiciera una entrevista a un sui generis teatrero de antaño que recorría caminos y veredas de Baja California con su casa de la cultura ambulante. El último, fue el 4 de diciembre de 2012. Aquel día Ugo me invitó a charlar con los integrantes de un taller que coordinaba en la colonia Camino Verde y cuyo objetivo final era crear un periódico comunitario. Fue una noche helada, con esas oscuridades de diciembre que patean el alma desde las cinco de la tarde. En el centro comunitario de Camino Verde no había luz. La charla fue a oscuras, con una débil bombilla de baterías haciendo un juego de sombras. Una escena típica de la vida de Palavicino, al que ni los 50 grados del desierto mexicalense, ni los lodos tras las lluvias en cañadas de Tijuana detuvieron nunca en su afán de de compartir el teatro, la poesía y la música con aquellos a los que el sistema nunca les ha compartido más que su desprecio. Fue durante los años en Sedesol con mi amigo Carlos Torres cuando ver a Ugo trabajar se volvió parte de mi vida cotidiana. Cuando decimos que se fue a vivir a Camino Verde no es en sentido figurado. Ugo, que fue pieza fundamental del programa Quiero Mi Camino Verde y se transformó en un habitante más de esa comunidad, históricamente sumida en el pantano de la violencia y la miseria. De pronto, en la colonia donde sólo se hablaba de inundaciones, atracos y drogas, había funciones de teatro por las tardes, clases de pintura y música y empezaba a haber, sobre todo, autoestima y ganas de enamorarse un poco de la vida, pues Ugo hacía poesía del polvo. Y con esa poesía hecha de polvo, supo llevar consuelo y esparcimiento a los damnificados del terremoto mexicalense y con ese teatro de la arena llevó la cultura a donde faltan siglos para que llegue al pavimento. Aquella noche de diciembre regresamos juntos de Camino Verde en su carro. Él iba rumbo a Playas. Nos despedimos en la carretera libre a Rosarito donde tomé el taxi. Le dije que ese periódico comunitario de Camino Verde podría hacer historia y que me encantaba la idea de poder aportar algo. Como en tantas despedidas hubo el “nos hablamos pronto, nos ponemos de acuerdo, seguimos adelante” y la vida se vino encima con su avalancha y sus naufragios y un alma noble se transformó en polvo de noche, nostalgia en penumbra, semilla sembrada en los corazones de esos miles de niños de las calles de tierra cuya primera obra de teatro o su primer poema llegó a sus vidas por el esfuerzo del hombre que hoy nos ha dejado.