Mitos del Bicentenario: El insomnio de Gavrilo Princip

Las crónicas no lo registran, pero intuyo que la noche del 27 de junio de 1914 Gavrilo Princip no concilió el sueño. Lo imagino insomne, dubitativo, torturado por los fantasmas de una duermevela alucinante.

En ese momento Gavrilo es un muchacho de 19 años, débil y enfermizo, que a regañadientes y con más dudas que certezas ha sido admitido en la Mano Negra, una cofradía terrorista de nacionalistas serbios radicales que desean liberar a Bosnia del Imperio Austrohúngaro.

Los integrantes del grupúsculo han planeado el asesinato del archiduque Francisco Fernando y su esposa Sofía, herederos del trono de Austria-Hungría, quienes recorrerán las calles de Sarajevo la mañana el 28 de junio. Hay varios sicarios con bombas y armas de fuego distribuidos por toda la ciudad y Gavrilo es solo uno más, tal vez en el que se tienen puestas menos esperanzas.

¿Qué voces hablan al oído de Gavrilo en la vigilia que antecede a su crimen? ¿Cuáles son sus dudas y cavilaciones? La noche antes del magnicidio debe ser uno de los rituales interiores con más nervio y tensión que depara una vida humana.

Sobre lo que pasó ese 28 de junio de 1914 en Sarajevo se han escrito millones de palabras. Minutos después de las 10:00 de la mañana se producen dos fallidos intentos de asesinato contra el archiduque. Un terrorista de apellido Cabrinovic logra lanzar una bomba que explotó muy cerca del coche de Francisco Fernando hiriendo a 20 personas, aunque no al archiduque. El terrorista es linchado y el heredero sigue su camino.

Lo increíble es que con todo y el atentado, Francisco Fernando no interrumpe su agenda y llega a la sede del ayuntamiento de Sarajevo, donde celebra su evento tal como estaba planeado, pronunciando un emotivo discurso en donde se congratula por haber salido con bien de la tentativa. Al terminar el acto, el archiduque pide ir al hospital para visitar a los heridos del bombazo previo.

Al parecer el chofer del archiduque, Leopold Lojka, toma erróneamente una calle y cruza el puente Latino en donde por casualidad topan con Gavrilo Princip, que minutos antes había estado vomitando sangre víctima de un ataque de tos y que para entonces se había resignado ya al fracaso total del plan de la Mano Negra. El encuentro es aleatoriedad pura.

Gavrilo se encuentra involuntariamente con la oportunidad de su vida y sin pensarlo saca su pistola. A cinco metros de distancia del carro, Gavrilo dispara su nueve milímetros matando a la archiduquesa Sofía e hiriendo de gravedad a Francisco Fernando que moriría desangrado camino al hospital.

El crimen cometido por ese adolescente tuberculoso encendería una chispa de la Gran Guerra Europea, ese conflicto que en el verano de 1914 parecía destinado a ser una escaramuza pasajera y focalizada en los Balcanes y que acabó siendo un choque de titanes, el conflicto armado más devastador y mortífero que hasta entonces había conocido la humanidad.

Cuatro años y medio duró aquella guerra cuyo costo fue de casi 10 millones de vidas. Cuatro grandes imperios –el ruso, el alemán, el otomano y el austrohúngaro- quedaron convertidos en cenizas y la geopolítica mundial se transformó para siempre. Este sábado se cumplen cien años del inicio de esa hecatombe.