Mitos del Bicentenario: Día del Niño todo el año

Escribo estas palabras con el primer destello de luz del 30 de abril, que en nuestro mundo celebramos como Día del Niño. No es una exageración ni una frase vacía si afirmo que por lo que a mí respecta (al menos en esta etapa de la existencia) todos los días del año son Día del Niño.

La aleatoriedad, el destino o los caminos de la vida me han concedido la fortuna de poder ser papá de tiempo completo. Si bien en sus primeros dos años de vida apenas veía a mi pequeño dormido por las noches e incluso lo dejé de ver tres meses cuando me fui a vivir temporalmente a otra ciudad, en este último año y medio tengo la dicha de poder convivir con él muchas horas al día. Cuando te dedicas a ser papá, reparas en mil y un detalles del entorno que antes pasaban desapercibidos. El primero de ellos es el tomar plena conciencia de los niños y su universo.

Cuando no tienes hijos, los niños están alrededor como una presencia satelital en la que jamás te detienes a pensar muy profundamente. En cambio, cuando eres papá te das cuenta de nimiedades que antes pasaban de noche. De entrada, instintivamente calculas la edad de cada niño que se cruza en el camino. También te fijas en el juguete que trae en la mano, lo que te permite adivinar sus gustos. Ahora me doy cuenta que el Rayo McQueen y Mate están por todas partes y que a Caillou, en cambio, no lo conoce casi nadie.

También reparas en lo limitadas que son las alternativas de esparcimiento que hay en la ciudad. Fuera de las clásicas cadenas de hamburguesas, los restaurantes rara vez piensan en los niños y ello limita muchísimo las opciones de los padres a la hora de salir a comer.

Por otra parte, Tijuana y Rosarito carecen de parques y espacios públicos adecuados. Nuestras ciudades están pensadas para los adultos y hay muy pocas opciones para poder pasear con un pequeño de cuatro años de este lado de la frontera. Hay ciertos espacios donde cumplen con colocar algunos juegos infantiles, aunque no pocas veces son inadecuados o francamente peligrosos, como ocurre en el parque Teniente Guerrero, con sus columpios y sus pasamanos oxidados, o en el Pabellón Rosarito, donde los juegos parecen estar diseñados para tener un accidente. De no ser por la playa o la alternativa sandieguina, Tijuana y Rosarito son sitios tremendamente aburridos para un cuatroañero.

Cada día de mi vida veo a mi hijo Iker saltar y emocionarse mientras imagina mundos fantásticos y recrea con absoluta precisión los diálogos de los personajes que hacen volar altísimo su imaginación. Sonríe y se ríe. La altura de sus brincos es el termómetro de la emoción. Hoy puedo decir que lo mejor que me ha pasado en toda mi vida, es poder convivir con él y ser invitado a formar parte de su mundo.