Mitos del Bicentenario: Cuando Octavio Paz me tumbó la foto de portada

Ocurrió el Domingo de Pascua de 1998 siendo yo un reportero novato en el periódico El Norte de Monterrey.

Aquella Semana Santa acabé impregnado por el olor a humo y tizne,  pues durante días estuve cubriendo de cerca los incendios forestales que azotaban las sierras del sur de Nuevo León. Fue aquella una primavera particularmente seca y los fuegos se multiplicaban en diversos territorios del país.

La mañana del domingo 19 de abril seguí a un grupo de soldados entre los árboles chamuscados de una sierra en el municipio de Santiago. Colocado al pie de una escarpada ladera, fotografié a los militares mientras escalaban con cuerdas entre troncos humeantes y piedras ennegrecidas.

La fotografía digital aún estaba en pañales y de la calidad de la foto no nos enterábamos hasta que el rollo era revelado en el laboratorio del periódico.

Para gran sorpresa de mis colegas, mi humilde cámara réflex logró una imagen en donde se captaba el esfuerzo de los soldados apagafuegos escalando ante un entorno devastado. Lo que jamás imaginé, fue que mi foto sería seleccionada para ser portada no solo de El Norte, sino de Reforma.

La nota principal era sobre la multiplicación de incendios en todo el país y tal vez porque mis colegas andaban inmersos aún en la fiesta de Semana Santa, los editores no encontraron nada mejor para ilustrar la portada y mi foto resultó ser la menos mala.

Si colocar la nota de ocho era ya de por sí complicado, colocar una foto en primera sin ser yo fotógrafo y sin tener un gran equipo,  era tan improbable como que un portero suplente anotara un gol. Esperar una gran fotografía de un reportero novato sin formación de fotógrafo era tanto como esperar peras del olmo. 

Poco antes de las 22:00 vi en pantalla la edición digitalizada del periódico que saldría el 20 de abril de 1998 con la imagen de los soldados escaladores en la portada.  Me fui a casa con la satisfacción del deber cumplido, pensando en enmarcar aquella histórica página.

Al otro día al amanecer bajé corriendo a la calle en cuanto escuché el zumbar de la moto del repartidor de periódicos, pero en la portada de El Norte mi foto brillaba por su ausencia. En el lugar donde debían estar los soldados escalando la ladera carbonizada, estaba la cara de Octavio Paz mirándome desde una límbica Ladera Este.

El olmo no dio las peras esperadas y con errante claridad pude darme cuenta que nunca en la vida volvería a tener la oportunidad de colocar una foto en la portada de un gran diario nacional y sólo me restaba sumergirme en mi solitario laberinto escritural. Octavio Paz había fallecido pasadas las diez de la noche en el Hospital Militar de la Ciudad de México, con tiempo suficiente para alcanzar a tomar por asalto las portadas a punto de imprimirse.

México entero se rasgaba las vestiduras y los políticos peroraban ensayadas condolencias. Mi ladera chamuscada yacía en el purgatorio de las páginas interiores.