Mitos del Bicentenario: Cuando la pluma se seca

¿Puede un escritor planear y anunciar su retiro de la escritura? ¿Es posible decidir un día dejar de escribir para siempre?

 Lo coherente es pensar que el síndrome de Bartleby no avisa. A Rimbaud, Rulfo, Salinger y compañía simplemente se les secó la pluma. Infinitas son las conjeturas para intentar descifrar el enigma de la repentina agrafía, aunque al final ni siquiera el propio escritor pueda explicarlo. Acaso la muerte de la escritura sea equiparable a la muerte del deseo.

En el genial Post Scriptum Triste, Federico Campbell reflexiona sobre el silencio de su querido Rulfo. ¿Fue una terapia electroconvulsiva la responsable de que su obra se redujera a Pedro Páramo y El llano en llamas? ¿Fue tan simple como perder las ganas? Lo importante no es escribir cuando se tiene algo que decir sino cuando se tienen deseos de decirlo, afirma Campbell.

Nada errado parece andar Bruno Estañol cuando equipara la creatividad literaria a la libido. El mismo Federico me dijo alguna vez que acaso él había dejado ya de ser escritor cuando le pregunté en qué nuevo libro estaba trabajando. Con una dosis de ironía, Enrique Vila-Matas ha reflexionado sobre la impotencia literaria en su Bartleby y compañía.

Hay escritores que han anunciado públicamente su retiro de la misma forma que un futbolista se despide de las canchas y cuelga los tachones. Poco antes de ganar el Nobel, la canadiense Alice Munro puso punto final a su carrera. Lo mismo había hecho el estadounidense Philip Roth. La noticia podría resultar desoladora y no pocos lo atribuyeron a una depresión, sin embargo si en algo coincidieron Munro y Roth fue en la liberación interior y el descanso que para ellos representó el poder retirarse. ¿Significa eso que escribir duele o pesa? Aparentemente la creación no siempre es hedonismo.

Roberto Bolaño sostuvo que su verdadero placer fue siempre la lectura, mientras que la escritura llegó a hacerle sufrir. Pese a ello, el chileno se las arregló para escribir como poseso su novela final, 2666, cuando sabía ya que sus días estaban contados. En su caso la escritura fue el último acto de amor de un padre responsable que quiso heredar un patrimonio a sus hijos.

Borges fue también mucho más feliz como lector que como escritor y siguió “leyendo” hasta el último día de su vida, pegando el rostro a las páginas aun cuando sus ojos apagados no podían distinguir las letras.

A diferencia de la escritura, la lectura es un vicio que no conoce rehabilitación posible. Una vez que se le ha dado el “golpe” es imposible dejarla. Escribir puede llegar a doler, pero la lectura es un ritual escapista regido por el principio del placer. Herido y moribundo en la escuelita de La Higuera donde pasó su última noche, ese gran lector llamado Ernesto Guevara de la Serna tuvo tiempo de corregir la ortografía de una frase escrita en el pizarrón a la que faltaba un acento. La frase era “yo sé leer”.