Mitos del Bicentenario: Baborigame

Por Daniel Salinas Basave

 

Desde 1998 hasta la fecha todas las navidades de mi vida son rosaritenses. En el penúltimo diciembre del agonizante segundo milenio viví mi primera Nochebuena bajacaliforniana sin siquiera intuir que a partir de ese momento todas transcurrirían en Rosarito.

La primera Navidad que pasé lejos de la familia fue la de 1994, aquella fatídica del Error de Diciembre, que trascurrió en casa de mi amigo Salvador Adame en Tecamachalco, en el Estado de México. La siguiente, la de 1995, la pasé en la sierra de Chihuahua, en el pueblo de Baborigame, una aldea de tepehuanes, en la misión de un sacerdote jesuita (sí señores, aunque ustedes no lo crean este radical ateo tiene muy buenos amigos dentro del clero).

 

Esa Navidad con los tepehuanes, de la que hoy se cumplen 20 años, marcó un antes y después en mi camino de vida. De niño todas las navidades son mágicas, pero de adulto te acuerdas de muy pocas. Esa de 1995 en Baborigame fue inolvidable. Un pueblo helado, al que sólo podías llegar en avioneta, en medio de la sierra. Si en algún momento de mi vida me he hablado de tú con lo sagrado fue en ese viaje. La inmensidad, la levedad, nuestra condición de polvo en el viento yacía entre las escarpadas cumbres de esos desfiladeros y barrancas.

Ahí, en el corazón del narco- triángulo dorado, pasé una de las nochebuenas más fascinantes y emotivas de mi exitencia entera. Para llegar ahí debimos tomar una avioneta (taxi aéreo) desde Parral, Chihuahua, volando por escarpadísimas y hostiles sierras. Llegar a Baborigame por tierra nos hubiera llevado varios días. No fui a hacer un reportaje del narco, sino a vivir una temporada entre los tepehuanes.  Nuestro anfitrión fue el Padre Rafael y un grupo de monjas en cuya casa me hospedé.

Ellos sabían de mi ateísmo y de mi interés puramente antropológico y aun así me aceptaron plenamente entre ellos. Cuando emprendí el viaje a Baborigame, no lo hice con el prejuicio y el estereotipo de estar viajando a uno de los centros neurálgicos del narcotráfico. Sabía, sí, que me dirigía a un lugar inaccesible, hostil, de clima congelante, pero no a un sitio donde se siembran toneladas de mariguana y amapola. Había muchos soldados alrededor y las monjas me platicaban que muchos tepehuanes acababan dedicándose a la siembra de mota desde la más tierna infancia por la falta de alternativas de vida.

Cierto, en medio de aquella miseria también se veían algunas fortunas serranas, caserones despampanantes entre el quebranto tepehuán. Baborigame tiene apenas 2 mil 702 habitantes y está a casi mil 800 metros de altitud.

 

Han pasado veinte años y ahora pienso en cuánta de la gente que ahí conocí habrá sido consumida y devorada por la guerra del narco. Para mí, Baborigame no fue el triángulo de la droga ni el viaje a la cueva del narco, sino un viaje a mis propias profundidades ontológicas, el sitio en donde más cerca he estado de acabar creyendo en Dios.