Miseria moral

Por Dianeth Pérez Arreola

He de confesar que sabía poco de la tragedia ocurrida en la mina de carbón Pasta de Conchos, en febrero de 2006 en Coahuila. Acaso que el Sindicato Minero y Grupo México se culpaban mutuamente de la muerte de los 65 mineros y que los restos nunca fueron recuperados.

Cristina Auerbach, directora de la Organización Familia Pasta de Conchos, estuvo en Holanda. Con asombro escuchamos lo que nos contó. Cosas indignantes como que empresarios mineros se hacían pasar por Zetas para hacer lo que querían con sus minas, muchas veces ilegales, y contrario a lo que marca la ley, junto a núcleos de población, con la complicidad de los hermanos Moreira.

Nos dijo que Grupo México no indemnizó a los trabajadores fallecidos; les dio una “ayuda humanitaria”; que tomó como base el salario registrado ante el IMSS, no el salario integrado y liquidó a los trabajadores como si hubieran renunciado.

Cabe destacar que Grupo México es la empresa minera más grande del país y la tercera productora de cobre a nivel mundial. Es propiedad de Germán Larrea, el segundo hombre más rico de México y el número 72 en el mundo.

Aún con toda su fortuna, Grupo México no utilizaba siempre soportes de acero para reforzar la mina Pasta de Conchos. Con frecuencia los sustituía con soportes de madera y encima reciclaba estos materiales en otras secciones de la mina. Entre cada soporte hay que poner separadores para que los marcos no caigan como fichas de dominó ante un derrumbe, pero estos también brillaban por su ausencia.

Otra cosa importante es que había que “polvear” la mina, que es algo parecido a emplastar las paredes y techos con un material que evita la acumulación del polvo de carbón, que es altamente flamable. Esto era un riesgo constante porque los cables eléctricos no se sustituían, se parchaban. Se usaba maquinaria dentro de la mina; maquinaria que era obsoleta, estaba incompleta y por tanto era peligrosa.

Esto no es todo, además el sistema de ventilación de la mina era insuficiente y ya se había reportado varias veces a través de los años. La Secretaría del Trabajo llegaba a inspeccionar, pero las fallas nunca se corregían; lo que hacía era sacar la caja registradora y multar a la empresa por cada irregularidad. La empresa pagaba la multa, feliz de poder arreglar de esta manera el seguir trabajado sin necesidad de parar y sabiendo que podía operar por un año sin volver a ser molestada. La Secretaría del Trabajo se iba feliz con el dinero.

El Sindicato Minero nunca defendió a sus trabajadores; veía por sus intereses políticos y económicos, no por la seguridad de sus agremiados. Que las empresas mineras canadienses estén en México, envenenando el medio ambiente y acabando con comunidades, es gracias a la intervención de su paisano Napoleón Gómez Urrutia, que ahora regresa a la política pero con su poder mermado, pues ya no hay un Sindicato Minero; hay diez.

La miseria moral de Gómez Urrutia y Germán Larrea no tiene límites. Por fortuna la Comisión Interamericana de Derechos Humanos aceptó el caso de Pasta de Conchos este año. Doce años en busca de justicia.

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