Mis sábados con Roberto

Por Manuel Rodríguez

Una vez veníamos de conocer la nueva máquina perforadora de pozos en San Vicente, Baja California, cansados y hambrientos después de casi 9 horas de recorrido y nos detuvimos a comer, ya tarde, en el restaurante Ophelia’s en el poblado del Sauzal, Ensenada. Ahí platicamos, como platican dos amigos. Exhaustos analizábamos a detalle el modo de preparación de las tostaditas de atún, recuerdo que pedí un café cargado.

Una plática fue llevando a la otra, de un momento a otro Roberto tenía sus ojos rojos cubiertos de agua, pero las lágrimas no caían. Había algo sobre su salud que le preocupaba. No quise preguntar mucho, su rostro lo decía todo. Roberto era de esos que arremetía recio cuando la vida misma trataba de pausarlo. Nos llevábamos 34 años de diferencia de edad, pero trataba de aprenderle todo, cuando estaba con él escuchaba más de lo que hablaba.

Como arquitecto era un excelente publirrelacionista, la capacidad de hacer amigos de éste extraordinario anfitrión, no dejaba de sorprenderme. Me consta que lo une una estrecha y profunda amistad con el columnista Sergio Sarmiento, con quién alguna vez me presentó cuando pasábamos por su casa de Punta Piedra. También disfrutaba pasar a mostrarme el galardón Oscar de Dino de Laurentis que se asomaba por la ventana de la casa del afamado director hollywoodense, cuyo terreno también vendió él.

En los múltiples viajes, lo acompañe a dinamitar cerros, a perforar pozos, a triturar piedras, a sembrar sarmientos, a plantar palmeras, a probar vinos, a abrir astilleros, a caminar por cerros, a sacar polen de la colmena y a sentarnos a platicar en torno a las brasas con langosta de Cedros.

Desde 2011, y por invitación del arquitecto empecé a destinar mis sábados a conocer cómo piensa un empresario. Muchas veces, en los recorridos nos acompañaba un inseparable amigo de Roberto: el Ingeniero Luis López Moctezuma. Con el paso de los sábados, me daba cuenta que la perspectiva de Don Luis atemperaba el estado de ánimo arrebatado del arquitecto. Y entre tanto camino, tantos kilómetros en la Armada (unidad que utilizaba el arquitecto para trasladarse… hasta que tronó), descubrí como actúa un verdadero desarrollador, entre tanto terreno por adquirir, por detonar, por embellecer, por construir, en cada contacto que hacía desde su compadre Don Chuy, el encargado del Yaqui, su rancho predilecto hasta las llamadas con Ricardo Salinas Pliego para ver cómo iba su “joint venture” en minería, pude ver que el mito del rey Midas se quedaba corto.

Después de tanto andar entendí de qué estaba hecho Roberto Curiel: el hombre. Pasaba por mí los sábados a las 7:00 am en el estacionamiento del Campestre, ni un minuto tarde. Desde que me subía a su carro, el día se volvía una película de acción, llena de adrenalina, hasta que sostenerme del soporte superior de la puerta del pasajero dejaba de tener sentido.  Por lo general regresábamos a las 6:00 de la tarde con un poco de tierra en los zapatos, ojos y dientes. Estar con él, compartir los minutos a su lado, era fascinante, sentías el riesgo correr por las venas. En 2012, en este mismo medio, escribí un artículo que titulé: “Las raíces del arquitecto”, donde recuerdo haber resumido el espíritu de un hombre que no tiene comparación, resaltando por supuesto, como dijo su hijo Roberto en su despedida: su capacidad de trabajo. Creo que en aquel entonces me faltó observar que lo destacable de Roberto Curiel Ortega no es sólo el ímpetu y la energía con la que desempeñaba algo; sino que al movimiento brusco lo acompañaba la cadente eficacia de un hombre vivido, un hombre experimentado en el campo de batalla. Roberto es el ser humano más eficaz que he conocido y por eso su vida debe ser celebrada. Se va pues otro forjador bajacaliforniano a los 71 años, dejando un legado de entrega y pasión en su familia y amigos. Los que lo conocimos, sin duda, lo vamos a extrañar.