Mientras lo puedas hacer muévete y viaja

Por Adriana Zapién y Valente García de Quevedo

Lo que les voy a contar que hice el domingo, difícilmente lo podría haber hecho antes…

Un antes en donde el dolor de las articulaciones llegó a ser una incapacidad total de movimiento. Así que hoy comenzaré contándoles que cuando tenía 20 años me diagnosticaron erróneamente artritis reumatoide. Y lo que siguió de ahí fueron años con dolor e inmovilidad en las articulaciones de todo el cuerpo.

Seis años después resultó que no era artritis sino Lupus Eritematoso Sistémico (LES) no diagnosticado a tiempo y la cosa se puso peor, pues además del dolor, tuve que combinarlo con el derrame de los líquidos del pericardio y la pleura, que son una especie de sacos recubren el corazón y los pulmones respectivamente. Y que el lupus activo puede provocar que se llenen de líquido evitando que esos órganos vitales funcionen correctamente.

Esto sin duda provoca que el corazón limite la fuerza de su latido y los pulmones restrinjan su expansión para meter y sacar el aire reduciendo el primer valor vital del ser humano: Respirar. Lo que siguió fueron tres meses en cama reposando porque el mínimo movimiento forzaba a ambos órganos vitales. Toda mi familia incluyendo a mi amado Valente, rezaban para que me recuperara pues el riesgo de que las cosas se pusieran peor existía todos los días.

Ahora entenderán por qué alcanzar la cima del monte Woodson en donde está la famosa roca llamada “Potato Chip Rock”, ubicado entre Poway y Ramona cerca de San Diego, era muy importante para mí. Dos horas y media para alcanzar la cima y dos de regreso fue lo que duré en la aventura y regresar al lago Poway que fue el punto de partida.

Mientras subía solo pensaba que lo podría lograr. Y lo que me daba fuerza era recordar esas épocas cuando aprendí lo que era no poderte mover; recordar lo que significa no poder respirar porque los pulmones no se mueven y recordar lo que es no poder hacer ni el mínimo esfuerzo sin que tu corazón esté forzado, porque el líquido derramado en el pericardio no lo deja latir correctamente.

Cada desafío que tengo encuentra combustible en ese recuerdo. En el recuerdo de no poder. Y el domingo era claro que podía y por supuesto que lo intenté. Tenía de sobra la actitud y la compañía de una parte de mis personas favoritas Diana, Jaime y Galo me animaron y me dieron valor para saltar de una roca a otra; para caminar por la delgada piedra y para resbalar por el monumento pétreo sin ayuda para volver a tocar la tierra firme.

Hoy después de esos duros años, ese domingo lo tenía todo: Articulaciones con movimiento, respiración normal y el corazón más fuerte que podría tener; y sobre todo tenía a los mejores porristas. La experiencia de subir y en el camino escuchar las aves, ver la montaña llena de vegetación en medio de las rocas te hacía sentir vivo.

Sentarte a medio camino y observar el horizonte y ver tanta belleza en la creación te hace convencerte que existe que algo tan bello es obra de algo superior. La deseada foto en la roca era lo de menos aunque fue algo fascinante.

La subida a la montaña fue lo más maravilloso aun cuando al siguiente día no me podía mover después del reto; pero cualquier dolor que sentía era del tipo de los que llamas dolor sabroso porque era el resultado del ejercicio y de convencerme que mientras lo pueda hacer, me moveré.