Mentir para sobrevivir

Por José A. Ciccone

En materia política, las noticias que sacuden diariamente al país nos sitúan ante eventos que nos causan, más que desilusión, coraje e impotencia ante tanta mentira disfrazada de verdad que nos manejaron. Cuando oímos la palabra política, generalmente nos imaginamos cosas positivas, que van desde la construcción de una mejor nación hasta una renovación acompañada de innovaciones que tanto requiere nuestro querido México.

Sin embargo, este vocablo ha ido perdiendo fuerza y la gente empieza a decepcionarse a partir de mentiras comprobadas que alguna vez se propusieron como verdades absolutas dentro del ámbito local y mundial.

En materia interna, como país, se están tomando medidas contra la corrupción, enjuiciando a personajes de la política, ex funcionarios que burlaron y traicionaron -aparentemente-, la confianza del ciudadano, veremos por fin dónde está la verdad incontrovertible y si es así, dónde quedó el dinero sustraído. En el congreso nacional, por desgracia, siempre habrá algún ‘prietito en el arroz’, aunque sea blanco, que quiso cambiar las cosas y echarlas a perder pero no pudo, porque se lo impidió la intervención de buenos políticos, que por fortuna aún existen y ahí están para poner orden. Por favor, basta de declaraciones absolutistas que confunden más a la gente, aquellas de corte categórico como “yo digo la verdad y ellos son los que mienten”.

Por el lado de nuestro vecino inmediato, el país económicamente más grande del mundo nos deja preguntándonos: ¿se equivocó su presidente -y mintió con fines políticos- al plantear una solución para la pandemia que se le volvió incontrolable? En el mismo tema, ¿los europeos se confiaron y ahora vuelven a cerrar fronteras después de que nos dijeron, como verdad a medias, que ya estaba mayoritariamente controlado el virus? ¿Será cierto que la economía -según sostienen algunos expertos- “ya no se levanta más”? ¿A quién creerle entre tanto desacierto, dónde quedó estancada la verdad?

En algunos países se manejan teorías como las de la novela de mi tocayo Giuseppe Tomasi di Lampedusa, El Gatopardo: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”, entonces es cuando nos preguntamos: ¿cómo y con quién inicia este proceso devaluatorio de la política a partir de la mentira, en algo tan necesario para una mejor vida de los pueblos que pretendemos ejercer la democracia en sana convivencia?

Quizás como parte de una respuesta, tomo como ejemplo vivificante a los brillantes autores de comedias en la literatura griega, que utilizaban los escenarios como campo de batalla para sus manifestaciones sociales y políticas, criticaban con dureza y humor satírico lo que consideraban demagogias inoportunas.

Imaginemos a estos originales personajes viviendo en nuestros tiempos, seguramente no les alcanzarían los gigantescos escenarios actuales, incluyendo los virtuales, donde cupieran tantas críticas suyas.

En política la mentira nunca fue, se sabe, solamente un antivalor en frases atribuidas a sus pensadores o practicantes suele aparecer como un instrumento de respetable eficacia, y en la expresión oral de los entrenamientos políticos cotidianos insiste como el indicador de la definitiva asunción, por parte del neófito, de los poderes y limitaciones de un oficio. Asunción feliz, la mayoría de las veces, como nos lo enseñaron el teatro, la literatura o el cine en muchos y variados ejemplos.

La mentira política se articula, es obvio, con el deseo de poder, y entonces también con la búsqueda del camino más rápido hacia el logro de un objetivo individual o de grupo: la ganancia de un espacio de maniobra, la consolidación de una relación de dominio, la ruptura de un vínculo oprimente. Sin embargo, no parece instalarse de la misma manera en el discurso del poderoso que en el del oprimido: en ambos casos puede ser convocada como recurso, pero sólo en el dominador aparece como herramienta programática.

La propuesta confusa de un cambio aparente, una aplicación de justicia o un acto de escisión con el pasado, nunca podrá ser formulada por aquellos a quienes mueve una necesidad desesperada. Para su opuesto, en cambio, puede constituir el recurso obligado en el trámite de la constitución de una alianza discursivamente novedosa, que oculte la permanencia de un vínculo ya existente, entonces una vez allí, puedan juntarse comedia y tragedia.