Mediorojo

Por Ana Celia Pérez Jiménez

No te levantas con la misma tormenta que duermes, algo casi curativo ocurre entre las horas que se comen la noche y te arrojan a la mañana. Cerrando los párpados das apertura al “yo esencial” y toma las riendas sin cuestiones, sin necesidad de lenguaje; hace limpieza, mueve todo, tira otro tanto y acomoda la casa, no le tiene miedo a las esquinas empolvadas.

Uno con la eterna conversación, interrumpe al silencio de hacer su propio trabajo, cortamos el curso natural de las cosas, por la presencia del tiempo; presionamos a ejecutar, ponemos segundero para recibir la respuesta y exigimos la correcta, porque de otra manera cómo dormir, cómo vendernos la idea de que “todo está bien” y el ansia crece, y ella no conversa, ella grita.

Pretendemos que no conocemos el caos, si siempre existe algo que nos llama hacia él, todos hablan de buscar una “normalidad” que no existe y si existiera sería una monotonía que devora, pero por favor si alguien habita allí, que lo diga ahora. También es necesaria la destrucción para que algo pueda comenzar de cero, llámese oportunidad, llámese vida, llámese edificio, pero es un sube y baja tan conocido. Estamos en un eterno ciclo, pero siempre se tiene al hijo favorito, al estado favorito, el libro que repetimos, la canción que siempre tarareamos y ese color espeso donde uno quisiera hasta nadar en él y si es posible, fotografiar el momento.

Hay que reconocer en el juego que nos hemos subido o quizá alguien burló las reglas y nos subieron, pero aquí estamos todos y debemos ver a los ojos cada instante y dejar de ser tan aferrados. Se debe saber dónde estamos parados y no acobardarnos, entender que hasta en nuestra peor escena, algo está pasando y ese algo es parte del camino, a donde sea que este nos lleve, no hablo de un final feliz.

Algo que sí debo de admitir, es que el silencio sabe más que yo, mi respiración sabe perfectamente como calmarme, sedarme y también convencerme; sin dar un veredicto y mucho menos razones. Me vuelvo presente y un tanto resignada, pero una vez que me lleno de lo que hay y lo que es, algo pierdo y lo que pierdo es el miedo de seguir sintiendo y obviamente yo no ponga las dos mejillas, sino que toda la cara, hay que sentir el golpe y no la viada.