Medicina y literatura

Por Daniel Salinas Basave

“La medicina es mi esposa legal, pero la literatura es mi furtiva amante”. La frase es atribuida a Anton Chéjov, el gran cuentista y dramaturgo ruso, quien alternó la vocación literaria con el ejercicio de su profesión de médico. Como galeno, Chéjov atendió a los más pobres de los pobres en la Rusia zarista de finales del Siglo XIX y no pocas veces trabajó por mero altruismo. Chéjov es tal vez la figura más visible o representativa de una diversa cofradía de médicos literatos entre los que podemos contar a Arthur Conan Doyle, John Keats, Mijail Bulgákov y Somerset Maugham entre otros muchos.

En México podemos destacar a Mariano Azuela, padrino de la novela de la Revolución, al poeta y diplomático Enrique González Martínez o al académico Ruy Pérez Tamayo por mencionar sólo un trío. El pasado miércoles tuve la fortuna de compartir la charla con los integrantes de la Sociedad Médica del Hospital Ángeles de Tijuana, quienes tuvieron el detalle de invitarme como orador a su sesión cultural. Si bien tengo ya algún kilometraje recorrido en presentaciones librescas y conferencias, nunca había hablado ante un auditorio conformado exclusivamente por profesionales de la medicina.

No es extraño que existan tantos médicos que hayan destacado como escritores. Ellos conviven con  una dimensión desnuda y al límite de la condición humana. Por ejemplo, cuando los periodistas hablamos con alguien, a menudo conocemos su dimensión más actoral, el rostro del personaje y no de la persona. El médico, en cambio, conoce a la persona sin velos ni ambages, pues nada es tan brutalmente honesto como un dolor o una enfermedad. Cuando uno va a ver al médico no se anda con poses ni hipocresías.

Este reflejo tan puro y crudo de la condición humana puede derivar en la mejor narrativa. De la misma forma que hay médicos que han creado historias geniales, lo cierto es que el profesional de la medicina suele ser un personaje recurrente de la mejor literatura. Pienso en el doctor Pedro Recio, la pesadilla de Sancho Panza, quien somete al pobre escudero a una dieta de lo más estricta durante su breve e iluso periodo como “gobernador” de la Ínsula Barataria. Parece que desde los tiempos de Cervantes había quienes estaban obsesionados con controlar la ingesta de grasas, alcoholes y azúcares.

Pienso en el Frankenstein de Mary Shelley, acaso la primera novela que encarnó la obsesión de un hombre de ciencia por devenir en creador de vida humana. Pienso en una novela monumental como La Montaña Mágica de Thomas Mann, cuyo escenario permanente es un hospital para tuberculosos en los Alpes suizos o en el Doctor Zhivago de Boris Pasternak, que narra las turbulencias vividas por un médico en tiempos de la Revolución Rusa.

También sigo creyendo que las salas de espera de consultorios médicos son un lugar ideal para improvisar bibliotecas. A menudo los hospitales se convierten en territorios límbicos donde el tiempo de espera es siempre incierto para quien tiene un familiar internado. Hay quienes como Julián Herbert, han escrito una novela desgarradora al pie de una cama de hospital como fue el caso de Canción de tumba, pero hay también quien en esos momentos de angustia e incertidumbre, puede conjurar las horas muertas entregándose al abrazo evasor de un buen libro.