¡Me desesperan!

Por Maru Lozano Carbonell

¿Crees que eres una madre o un padre agresivo? A lo mejor pensamos que somos “normales” pero recordemos que además de la violencia física, existe la psicológica. Es muy posible que no nos percatemos de lo agresivos que podemos ser con nuestros hijos en lo emocional; como no se nota a simple vista y la rutina nos come, ni aterrizamos.

Hoy día con las prisas estamos educando de manera periférica, ya no nos involucrarnos tanto, los dejamos solos o al cuidado de alguien y como luego nos sentimos culpables por esa ausencia, entonces suplimos con cosas materiales y empezamos a tratar a nuestros hijos de manera empresarial.

Como que empieza a resultar difícil ser amoroso, como que pensamos que necesitamos preparar a nuestros hijos para el mundo de trabajo en el que nosotros estamos actualmente, recordando poco que ellos necesitan jugar, socializar, estudiar y vivir sus infancias y adolescencias como tales.

Puede ser una manera de violentar la educación convirtiéndonos en los “amiguis” de nuestros hijos, en lugar de jugar el rol maternal o paternal; entonces nos volvemos permisivos, los agrandamos verbal y físicamente e inconscientemente vamos dejando que ellos tomen las riendas de sus impulsivas y desorbitadas decisiones.

Pensarás que eso no es agredir. ¡Vaya que sí! Eso es violentar una madurez para la que no está preparado ningún niño ni ningún adolescente. Es como querer envolver un aguacate con periódico para que esté listo pronto sin respetar sus tiempos.

Así que la ausencia es la manera número uno de agresión porque no hay límites, disciplina ni continuidad.

De esta ausencia surge la violencia verbal y física porque no conocemos bien a nuestros hijos, no sabemos sus mañas, sus evasiones, sus gustos… Entonces para controlar nos desesperamos alzando la voz y llegando a usar incluso, la violencia física.

Muchas veces pensamos que es el estrés, la cuestión hormonal o la presión económica. En realidad, todos en cierta medida padecemos alguna de estas situaciones y la verdad es que lo que realmente nos está matando es la culpa y el remordimiento de no estar atentos y con miedo de que no nos querrán si somos muy duros con ellos, pero la cosa opera al revés. ¡Te lo aseguro!

Si nuestros hijos se aíslan o tienen problemas en la escuela, puede ser un síntoma de que les hacemos falta. ¿Qué podemos hacer? Empezar a dar las encomiendas pidiendo que nos telefoneen cuando hayan terminado sus tareas, asignándoles labores en la casa calendarizadas formalmente estipulando los roles de cada quien, pudiendo premiarlos con dinero para que ellos administren sus gastos; ser constante sin necesidad de gritar porque el hecho de recompensarlos, hablarán fuertemente.

También es importante que en casa se permita expresar las emociones libremente, al final de su expresión se les orienta con frases como: “Yo en tu lugar haría o diría…”.

Ver a los ojos a tu hijo cuando le hables será un excelente neutralizador. Antes de hablarle, dile la palabra mágica: “Hijo… muéstrame tu tarea o tu trabajo…”, a ellos les encanta oír que son “hijos de mami y papi”, ¡no importa su edad!

Estos comienzos marcan una nueva manera de relacionarnos con esos seres que se esfuerzan día a día por esconderse de nosotros proporcionándoles una seguridad y tranquilidad que, de pronto, atenuaría nuestra dureza.