Me compraré un globo terráqueo  

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Nos vamos moviendo, nos vamos mudando a cada segundo incesante con nosotros o sin uno. El mundo no le pide permiso a nadie para hacer lo suyo. Todo en continuo avance en un proceso conscientes o no de ello, una descomposición, en morfosis, éramos y es. ¿Cómo saber qué llevarnos a cada paso? ¿Qué cargamos y que soltamos?

No somos tan del aquí y ahora, vamos dejando sin querer, sin saber y tal vez hasta sin importarnos. No, no se es frío, es que no nos damos cuenta que cambiamos con una palabra, con algunas respiraciones, con algunas mañanas y con tantas noches.

La cama me puede hacer diferente, un café amargo, un libro con final inesperado de eso que te siguen por algunos días. Al salir de la ducha cómo explicar que ya no tengo el aroma que antes, que algo dejé entre esa agua escurrida, entre la toalla y sus pequeños hilos, entre el jabón y una canción que tarareaba. No me puedo aferrar a nada, a nadie, perdería las uñas en ello, la vida, los años y esas cosas que se reflejan en un espejo y en una plática sincera a las 2 de la mañana.

Por momentos me orbito y me observo desde afuera, me pregunto si quiero saber dónde estoy, con quién y por qué lo hago. Somos variables no como las fórmulas o los números; somos variable como los humanos, como los no coherentes, los perdidos, los entusiastas de la aventura, los aburridos de sillón, los que nacen por nacer porque he conocido a varios.

El mundo va, el día tiene 24 horas no importa si tu vecina llega tarde siempre dos. Yo cuento las semanas con los dedos, los deseos con las velas y los pares, las alegrías con mis comisuras y patas de gallo que me cierran el telón a cada momento y no pasa nada.

Disfrazados de presente eso somos, personajes, imitadores de ideas que juegan al libre albedrío. Corredores en banda, repeticiones de cinta. Aferrados a lo que pensamos tener y guardamos celosamente en una vieja caja de puros, como si fuéramos capaces de conservar o preservar algo como su momento de origen. Y pasa el tiempo, nosotros, lo que era y su valor, se cambia la mente y lo predeterminado, los nombres y el apego, nosotros y las distancias. El mundo no, él, él sólo cuenta historias.

Compartir
Artículo anteriorDiego Armando
Artículo siguienteLa mano de un dios mortal