Me caí, me levantaron…

Por Juan José Alonso Llera

“En la prosperidad, nuestros amigos nos conocen; en la adversidad, nosotros conocemos a nuestros amigos”.

Esta es la segunda entrega de tres, así que no se desesperen para poder contarles la historia completa, que a manera de chisme les puede interesar o simplemente trataré de plasmar algunos de mis aprendizajes en esta convulsionada situación. Bueno pues sea lo que sea va mi relato, después de la parte 1 (semana anterior), me caí y desperté en el hospital, la vida tiene que seguir y no habría manera de sortearla para mí, sin estar rodeado de tanta gente que me quiere (es de verdad y además omitiré los nombres para no cometer alguna injusticia).

El personal médico de primera, generosos, pacientes y siempre de buen humor, hizo que mi estancia fuera tan buena que la califico de placentera, aprendes a colaborar y ponerte en manos de los que saben, prácticamente regresé a ser un bebé. Miccionar, evacuar y tomar un baño fueron toda una odisea con la cual tuve que reaprender, colaborar y asimilar que hasta para lo básico necesito mucha ayuda. Regresando el tiempo, al día del accidente, hoy puedo escribir y contarles que sin la rápida ayuda de mi grupo de amigos seguramente no lo hubiera contado (nunca dejaría a Dios fuera de la ecuación). No sólo los que me levantaron, sino también los que me ayudan a levantarme en el día a día.

Lo cual me lleva a las lecciones aprendidas de los amigos de verdad, partiendo de la base que los míos son la familia que elegí:

La gente que de verdad te ama estará contigo por siempre, más allá de tu condición o conveniencia propia.

Son un punto muy importante en cual apoyarte, y créanme cuando no puedes ni pararte al baño, mucho más.

Todos tus secretos están a salvo. Un buen amigo es el mejor guardián de los secretos más delicados. La amistad franca no conoce de promesas no cumplidas o de intimidades violadas. Por ello, aquello que no debe ver la luz permanece en la absoluta reserva. Desde esta perspectiva, un amigo es, ni más ni menos, que la confianza con forma de persona.

La sinceridad, ante todo. Los amigos no sólo están para resaltar nuestras virtudes, sino también para indicarnos los rasgos a mejorar. A veces, esto puede sonar rudo, pero lo cierto es que representa una gran virtud. Pues, de lo contrario, ¿cómo es posible crecer si se desconoce lo que corregir? La neta sólo sale de ahí.

Se comunican tan bien que no necesitan palabras. Ante un verdadero amigo, muchas veces las palabras sobran. Basta atestiguar un gesto o una mirada para saber con toda certeza que algo no anda nada bien. Y es que la amistad hace que nos conectemos con las personas a otro nivel más profundo. En él, no hay palabra que disfrace la interioridad del amigo. Las mentiras se tornan prácticamente imposibles.

No puede faltar que son mucho más importantes que el dinero.

Que, en el fondo, por muy raro que seas, nunca se avergonzarán de ti.

Y por último, que pase lo que pase, jamás te dejaran tirado cuando te caigas.

Hoy por este medio le agradezco a todos mis amigos que al final son hermanos de diferentes mamás.

“Es una de las bendiciones de los viejos amigos que te

puedes permitir ser estúpido con ellos”.

PD. La semana siguiente la última parte de este parteaguas de la vida

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