Más gasolina

 

 

 

 

Por Jorge Alberto Gutiérrez Topete

Enero de 2017 despertó a los mexicanos, y con más intensidad a los bajacalifornianos.

El aumento al precio de la gasolina fue la gota que derramó el vaso de la paciencia de los fronterizos, después de muchos meses de devaluación de nuestra moneda y una imparable  inflación que ha puesto la economía de las familias en aprietos. Si sumamos a esto el malestar generalizado contra la rampante corrupción de la clase política mexicana, entenderemos porqué este “invierno mexicano” será un parte aguas en la vida económica, política y social de los mexicanos.

La gasolina en nuestro país había estado subsidiada por muchos años. Era tanto el presupuesto destinado para ello, que llegó a superar a los del programa Oportunidades y Seguro Popular en conjunto, aún cuando el mayor beneficio al aplicarlo no era precisamente para los que menos tienen. Al contrario. El subsidio a los combustibles terminaba beneficiando a la población de mayores ingresos ya que el 60% del subsidio lo recibía el 20% de la población más rica. En contraste, tan solo el 20% más pobre de la población recibía el 3% del subsidio a la gasolina. Los recursos utilizados para este subsidio son mejor utilizados en programas sociales, donde por ejemplo el 65% del recurso del programa Oportunidades lo recibe el 30% de la población más pobre o bien en el Seguro Popular donde el 70% de los afiliados pertenecen al 50% de la población más pobre del país.

Otro efecto negativo que provocó el subsidio a los combustibles, fue el incentivo que significó para popularizar aún más el uso del automóvil. Esto ha generado mayor contaminación ambiental y congestión vial, y en ciudades como la nuestra, donde las  autoridades permiten circular impunemente autos usados baratos traídos de Estados Unidos sin necesidad de importarlos, provocando que por nuestras limitadas y medianamente mantenidas calles circulen casi un millón de autos diariamente. Aunado a esto, el pésimo y costoso sistema de transporte público no ofrece a los ciudadanos una opción viable para que dejemos los autos en nuestras casas. Es por ello que Tijuana es la ciudad de México con más alto grado de motorización, donde hay un auto registrado por cada tres habitantes o hasta por cada dos si tomamos en cuenta a los autos chocolates.

A partir del primer día de este año el precio de las gasolinas no sólo no está subsidiado, ahora incluye hasta tres impuestos especiales que se reparten entre gobierno federal y los estados, buscando primordialmente el gobierno federal substituir los ingresos petroleros perdidos por la reducción del precio y la producción de petróleo crudo. Además de ser una de las principales fuentes de ingresos para la federación, los precios de los combustibles están “liberados” de tal manera que la fluctuación de los precios del petróleo, el tipo de cambio y otros factores como el traslado influyen en el precio de los combustibles creando gran incertidumbre entre la población.

 

Lo favorable de todo esto, es que al fin desaparecieron los subsidios que al final benefician a los que más tienen. Lo negativo, es que aunque el mayor precio de la gasolina desincentiva el uso del auto privado, los ingresos recibidos por estos impuestos no son invertidos para mejorar la situación directamente. En la mayoría de los países donde las gasolinas pagan altos impuestos, estos son dirigidos a financiar la movilidad sustentable invirtiendo los recursos en mejorar las banquetas, construir ciclo vías e implementar sistemas de transporte público de calidad. Mientras aquí no lo hagamos así, tristemente seguirá empeorando la situación en la ciudad, dependiendo los ciudadanos cada vez más del uso del automóvil para hacer viajes individuales y pagando gasolinas cada vez más costosas sin tener mejores opciones viables y sustentables para resolver nuestras necesidades de movilidad.