Marqués de Griñón

Por Dionisio del Valle

A veces y de manera más bien inopinada, llegan junto con un buen amigo vinos que no se beben todos los días. Suerte es tener amigos así, pero más suerte es que les guste el buen vino. Y este es el caso del vino al que habremos de referirnos. Fíjense ustedes que en España existen unas 70 denominaciones de origen para sus vinos, pues bien, Dominio de Valdepusa es una de ellas y pertenece a la familia de un Marqués, el Marqués de Griñón, cuyo mortal nombre es Carlos Falcó.

Sucede que Don Carlos es heredero de una tradición vinícola que se remonta al siglo XIII, sí, leyeron bien, al año 1200 más o menos. Es decir que, mientras por acá andábamos diseñando taparrabos de moda, fabricando bellos calendarios tallados en piedra y sacrificando un par de vírgenes por semana para que no se pusiera de malas Huitzilopochtli, los ancestros del Marqués ya andaba haciendo vinos.

Es en la región de Castilla La Mancha donde se encuentran los viñedos de la familia que no han dejado de producir uvas desde hace cientos de años. Sin embargo, no es sino hasta bien entrado el siglo pasado, cuando el, en ese entonces joven Marqués, sale de casa para adentrarse en el más adelantado de los ambientes enológicos de su tiempo. Don Carlos se lanza a estudiar a Davis, California, que ya repuntaba como una universidad en la que se podían conocer los avances tecnológicos vinícolas más atrevidos del momento.

Conoce al maestro de maestros, Emile Peynaud y luego se hace amigo del más avezado de sus pupilos, Michel Rolland. Ellos, vanguardistas que fueron siempre, lo animan a no cejar en su esfuerzo por romper los estrictos moldes de la tradición vinícola española. En su región, por años de años, sólo se podían plantar Tempranillo y Garnacha. Cuando el Marqués volvió con ideas innovadoras y quiso plantar su Cabernet Sauvignon, lo mandaron a volar. Le dijeron que de ninguna manera, que ni pensara en hacer vino con una cepa extranjera, ¡si aquí lo que sobran son uvas autóctonas! El Marqués, que era más necio que nadie, se aferró a su idea y no fue sino hasta 1996 que se autorizó, por parte del Consejo Regulador, que se plantaran viñas con aquella uva francesa pero solo de manera experimental.

Hoy en día y gracias al empeño de Don Carlos, el Dominio de Valdepusa, que es el nombre oficial de su denominación, produce tres monovarietales que nada tienen que ver con las variedades con las que se elaboran tradicionalmente vinos en la zona: Cabernet Sauvignon, Syrah y Petit Verdot. Esta última por cierto, es la llamada quinta uva de Burdeos. Junto con la Cabernet Sauvignon, la Merlot, la Cabernet Franc y la Malbec, se producen los grandes vinos de dicha zona, aunque en realidad la proporción en que aquella uva se utiliza es realmente modesta: de un tres a un cinco por ciento nada más con relación a las otras cuatro.

Cuando el Marqués decide utilizarla para producir un vino elaborado cien por ciento con esta uva, pocos creyeron que tendría éxito. Una vez más, rompiendo paradigmas  y venciendo escepticismos, logró un vino de extraordinaria calidad, siendo el año de 1994 el primero en la historia vinícola mundial en el que se elabora un vino comercial ciento por ciento con la cepa Petit Verdot.

La tenacidad de Don Carlos, el rodearse de asesores de primera y la utilización de tecnología de punta, han hecho de esta denominación la productora de algunos de los mejores vinos de España. Por poner un ejemplo, en los viñedos del Marqués se utiliza un sistema computarizado para controlar el suministro de agua en los viñedos de acuerdo con las condiciones climatológicas de humedad ambiente y precipitación pluvial. Esa tecnología es la misma que utilizó la Boeing para medir la expansión que sufre el metal con que están construidos sus aviones a la hora de aterrizar, con la intención de evitar accidentes aéreos en el futuro.

Mi amigo el Rector de la Universidad de la Vida, generoso como siempre, saca de su maletín esta historia líquida que nos envía su mensaje de inmediato: frutas negras en la primera nariz, seguida de aromas de pimienta y clavo. En la segunda vuelta olfativa, notas de hierba de bosque y talabartería y un final persistente, de chocolate y tabaco. Se trata del Syrah 2003. En compañía de una sardinera cocinada a la veracruzana, el vino nos regala, al final, una casi imperceptible nota de tamarindo. Feliz encuentro de la pareja eterna: cocina y vino.