Margen de Corte

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Porque a veces la melancolía nos encuentra en los momentos menos esperados, llega y exige la atención debida, pide ser usada y que nos vistamos de ella, pide subir a nuestras piernas abrazarnos fuerte y comenzar a llorar sin ser interrumpida, y no queda de otra más que hacer todo a un lado y estar simplemente ahí apoyando, dejarla desahogar todo eso absorbido, el cúmulo de los días, el ver, vivir, saber del mundo, los recuerdos que dejan estragos, los impedimentos internos, las llamadas no contestadas, los rostros que no se validan, los olvidados que dejan huella y todo eso que día a día nos ataca cual piedras cósmicas que entran a nuestra atmósfera y por la perfección de la rutina y las horas de comida evitamos reaccionar.

Tenemos que reservar un tiempo para escucharnos respirar, para dejar todo drenar, ideas, preocupaciones, antojos y pasiones, que la ciudad también contamina, la noticia, las palabras que entran y salen de nuestra cabeza y corazón van dejando residuos e ideas. Hay que escucharnos para conocernos y conocer lo que nos adorna y afecta. Estamos en este escenario de vida, saber que es actuado, que es tangible, que es memorable, por qué y quién brindar, quién echar a un lado, por quién continuar, cómo continuar y hacia dónde en un mundo tan fabricado y sintético, ser honestos es lo único natural que nos queda, ser eso que somos dentro, dejarse permear a la superficie y ser, ser únicos y diferentes, dejarnos de tanto maquillaje y corriente y ser extravagantes y ser niños, y volvernos locos y volvernos cuerdos, pero siempre volver a nuestra esencia porque ahí se encuentra la verdad.

Momentos y momentos son las piezas que nos llenan este gran rompecabezas que revela la historia de nuestras vidas, colorido, complicado, perdido y enlazado, démonos tiempo, apagar todo para escucharnos, para escuchar el latir del otro que es un coro de la misma canción que nosotros entonamos, ser de otros y ser de uno, tener la entrega sin el arrepentimiento y dejar que si llueve nos llueva, y cuando salga el sol salir a que nos ilumine. Odio los extremos sin embargo los toco y beso de vez en cuando, cual pared que uno tocaba cuando jugaba a las escondidas y ya te sabías salvado, así juego con los bordes, con los límites para ver el abismo y saber de lo que está lleno mi miedo y saber que tanto le creo. No pido congruencia porque yo a veces carezco de ella, quizá no pida nada, quizá exijo todo, quizá solo brinco de pensamiento en pensamiento sin haber crecido, con esta idea infantil de que el dolor se disfruta y en la eterna alegría no se es siempre feliz.

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