Marcadores de hora

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Andamos dentro de nosotros mismos deambulando para descubrir nuestro propio límite, probando el ser, conociendo experimentalmente quiénes somos y para qué. Llegamos a un punto y ahí es donde decidimos si seguir en línea recta, si seguimos por las marcas de la misma, si se cambia el estilo, pero la única forma de saber que existimos y estamos es precisamente esa, viviendo y probando, el orden no altera el resultado o al menos no lo creo.

En el instante que se nos da ese lapso sobre y en la Tierra buscamos perdurar, reconocer hasta dónde somos, hasta dónde dejamos de ser, dónde se acaba la página, dónde se acaba la tinta, en dónde comienza un segundo libro. Siempre tentando a la muerte sin querer morir, como jugando a esos niños que tocaban el timbre de una casa sólo para poderse echar a correr.

No sé si es necesario saber de nuestra permanencia, pero sé que sí es necesario reconocernos vivos más allá de tomar oxígeno y exhalar dióxido de carbono, no somos plantas de casa. Necesitamos en momentos sentir que vibramos, que estamos, que algo retumba en el suelo, que algo retumba en nuestro pecho, sentir algo más allá de lo que podemos percibir, quizá una conexión con lo infinito e inmortal, quizá con eso divino que nos crea la duda primera.

Tal vez y buscamos algo más que piel y huesos, queremos la experiencia, las emociones como frutos, el esplendor como el néctar. Pero estoy segura que en el día a día se esconde más de lo que pensamos, creemos y sentimos. Se esconde el secreto de todo en la sombra del corazón, en las tres cucharadas de azúcar, en la forma en que abrazamos, en aquello que no sólo queremos pero necesitamos.

Siento que el rompecabezas es amplio, de muchas dimensiones y escalas, pero está ahí tendido, algunas piezas debajo de la mesa, otras boca abajo pero aquí se encuentra todo, todo aquello que debemos de unir y enlazar para entenderlo.

Sé que muchos no piensan en ello, viven como les enseñaron no como indagaron, no con la experiencia única de ser uno mismo y ver el mundo a través del propio ojo, traducida por una mente. Y las piezas se empolvan, se olvidan, se quedan en historias. Pero la vida es más que esto, es algo entre lo que sentimos y cometemos, entre lo que intuimos y soñamos, entre los pasos que bailamos y las sonrisas que damos. No somos las manecillas que marcan los minutos o segundos, somos las ganas detrás de esa mano que le da la cuerda todos los días.