Mapa de las islas en fuga

Por Daniel Salinas Basave

No es fácil resistir el asalto de la fantasía cuando cada mañana de tu vida, durante los últimos 23 años, contemplas unas islas en el horizonte.

Las islas son tu parámetro de otredad, el omnipresente recordatorio sobre la existencia de mundos paralelos a donde siempre has querido exiliarte, el símbolo de un más allá asomándose en los límites de tu mirada.

Islas mutantes, camaleónicas, tramposas; tan dadas a los disfraces como a las escondidas. Las islas se saben musas y administran sus dosis de inspiración. Algo entienden de juegos de seducción y acaso se diviertan con tu delirio.

Las islas suelen cambiar de traje conforme va avanzando el día. Tienen también varios vestuarios para cada estación del año. Cuando los vientos santaaneros se toman en serio su papel de barrer hasta la última nube, las islas amanecen en impúdica desnudez. Desde la lejanía puedes apreciar los contornos de los peñascos en duelo eterno contra las olas, los colores de las plantas, las estrías en su espalda de roca. Islas sin sábana de nubes ni gota de maquillaje.

En cualquier caso, los días de islas desnudas suelen ser los menos. En una mañana cualquiera la persiana de bruma juega a ser aliada del horizonte y las islas optan por el teatro de sombras. Frente a ti solo hay siluetas, trazos prófugos de un paisaje impresionista.

Cuando las tardes se tornan fantasmales, las islas son tan solo intuiciones, sombras de monstruos emergiendo del abismo oceánico. El horizonte hace trampas y juega bromas pesadas, pero las sombras siguen ahí, en acecho permanente. La tarde oscura agoniza en el vientre del mar y tus ojos se aferran a unas bestias cada vez más cercanas a la costa.

Cuando la niebla es ama y señora – inflexible tirana invernal frente a cuyo régimen totalitario no hay resquicio de resistencia-  las islas simplemente desaparecen. Acaso optan por exilios temporales o repentinas fugas. De ser intuición pasan a ser recuerdo. Las islas son cuerpos de vapor que se han diluido en el horizonte, mundos de leyenda tragados por el océano. Las islas como Atlántidas que acaso nunca existieron; mentirosas nostalgias por lo nunca ocurrido. Las islas se han ido o tal vez nunca estuvieron.

Y de pronto ellas vuelven, invariablemente vuelven, y reparas entonces en que los mismos atardeceres han desfilado un millón de veces frente a esta playa y que de no ser por los dos o tres barcos no invitados a la foto, la imagen de ese ocaso sería idéntica a la de la era cenozoica o a la contemplada por los navegantes del Siglo XVI,  e idéntica a la del atardecer cualquiera que irrumpirá  cien o doscientos  años después de nuestra muerte, cuando de nosotros no quede ni siquiera algo que se asemeje a la sombra de un recuerdo, un resquicio de huella o brizna de polvo delatora de nuestro paso por la vida. Ellas estarán ahí, asaltando las fantasías de quien hoy no ha nacido y los soles se seguirán desparramando hacia el Oriente como si tal cosa sin que ellas tengan a bien inmutarse.