Luvinas, Macondos y Tijuanas

Por Daniel Salinas Basave

Hay narradores cuyas historias solo pueden fluir en determinada geografía y a menudo en una época específica. Cada uno va trazando a su manera las formas y contornos de su mapa. Sacar al narrador de esa tierra mítica es el equivalente a arrojar un pez sobre la arena o arrojar un oso polar al desierto.

Dentro de su humana universalidad y atemporalidad, la narrativa de Juan Rulfo es inconcebible fuera del campo jalisciense en los años postrevolucionarios, de la misma forma que no concebimos a William Faulkner fuera de su Sur profundo estadounidense y Gabriel García Márquez solo alcanza la plenitud en la Guajira o el Caribe colombiano. Federico Campbell nunca creó nada parecido a un Comala, Macondo o Yoknapatawpha, pero queda claro que el territorio en donde mejor despliega su narrativa es el Noroeste mexicano de mediados del Siglo XX. Navojoa, la península de Baja California y sobre todo Tijuana son los terruños campbellianos por excelencia.

En mi libro El lobo en su hora he narrado que Federico Campbell se sintió liberado y pleno con su autoexilio e hizo lo posible por poner tierra de por medio entre su ciudad natal y la casa paterna. Lo que acaso nunca intuyó cuando era un joven trotamundos, es que Tijuana sería como su Luvina, ese rulfiano pueblo de El llano en llamas  del que es imposible escapar. La obsesión tijuanense nunca dejó en paz a Federico Campbell. En Washington o en Sicilia o en sus divagantes paseos de flâneur por las calles de La Condesa, Federico seguía caminando por las calles de Tijuana. Luvina está embrujada y no es posible irse de ahí.

Si Rulfo narra un pueblo de paso del que es imposible huir, Homero se encarga de inmortalizar en Ítaca el mito de la tierra del eterno retorno nunca consumado. Ulises está obsesionado con volver a su tierra, pero el mar está infestado de monstruos y sirenas.

Campbell no está solo en su infructuoso retorno a su Ítaca literaria. La Ítaca por excelencia de la literatura moderna es el Dublín de James Joyce. La ciudad del Bloomsday, diseccionada y reinventada hasta minucia por Joyce, era una urbe que había quedado atrás. Ulises es la catarsis de una ciudad derretida muchos años después en la cabeza de un autoexiliado. El 16 de junio de 1904  solo era polvo de saudade cuando dos décadas después Joyce quiso reconstruir Dublín en París.

Pienso de repente en Juan José Saer, el narrador que transformó a la provincia argentina de Santa Fe en una sui generis arquitectura prosística. Saer vivió en París desde 1967 hasta su muerte en 2005  y sin embargo su narrativa nunca pudo emigrar del entorno santafecino. Más de la mitad de su vida transcurrió en calles francesas, desde donde escribió El limonero real,  la más santafecina encarnación de la literatura argentina. Cuando Saer ya viejo retornó de visita a su Ítaca literaria, se sintió extraño en una tierra extraña, desubicado e intruso dentro de un territorio cuyo mentiroso mapa vivía encarnado en su mente.

Federico Campbell salió muy pronto de Tijuana, pero Tijuana nunca salió de él. La ciudad en formación de la que amamantó en su infancia dejó una cicatriz demasiado profunda en su psique. Campbell  fue un salmón hasta en su manera de exiliarse y hacer de su ciudad natal un territorio literario encarnado en el subconsciente. En ese sentido, su vereda de vida corre a la inversa de la mayoría (por no hablar de la totalidad) de los narradores bajacalifornianos nacidos en la primera mitad del Siglo XX, quienes fueron migrantes llegados a la península por motivos diversos.

Tijuana se enquistó en las profundidades de su subconsciente y se transformó en una obsesión cuyo único conjuro posible fue transformarla en territorio narrativo. Campbell se convirtió en el Ulises tijuano en busca de su Ítaca, la tierra mítica y nebulosa que él sabía perdida para siempre.