Los vinos de las provincias rusas

Por Adriana Zapién y Valente García de Quevedo

Este mes debido al mundial de futbol estamos llenos de Rusia, ambiente que me hizo recordar la visita que hice hace un par de años a Moscú, convirtiéndose en una sorpresa gourmet.

Teníamos algunas horas para visitar la capital rusa y nos dimos a la tarea de trasladarnos hasta la Plaza Roja, por medio de un tren exprés que va desde el aeropuerto hasta un centro ferroviario. Como dato interesante, de ahí pudimos admirar el célebre kilómetro cero, de donde parte el famoso tren transiberiano.

Al salir de la estación del tren exprés tomamos el metro. Cabe mencionar que toda la señalización de la ciudad está escrita en cirílico y aunque la gente luce amable, no habla ni español, ni inglés; así que si no sabes ruso, abstente de hacer preguntas porque te quedaras sin respuestas.

Con nuestra guía de viaje de bolsillo, Adriana y yo pudimos tomar la conexión correcta, llegando a la Plaza Roja, que por cierto no pudimos pasar, pues se encontraba cerrada parcialmente por un concurso de bandas militares de todo el mundo.

Con 14 horas de vuelo encima y después de darle toda la vuelta al Kremlin para sortear el bloqueo, por fin pudimos llegar hasta la famosa catedral de San Basilio. De pronto a lo lejos se comenzó a escuchar la melodía de “La Cucaracha”, entonada por la banda de guerra de la delegación mexicana, que estaba afinando tras bambalinas para su presentación en la Plaza Roja. La escena surrealista hizo que mi piel se erizara, al escuchar a más de 10 mil kilómetros a la banda de nuestro ejército tocar una melodía tan familiar.

Entre tanta gente, con dificultad nos dirigimos al famoso centro comercial llamado “GUM” edificio que antes de la Revolución Rusa era el lugar donde la realeza compraba sus artículos de lujo. Después de tener varias funciones durante el periodo comunista recupera su glamour y actualmente es una de los centros comerciales más elegantes del mundo.

Dentro de ésta, se encuentra una tienda de alimentos de lo más selecta cuya especialidad por supuesto es el caviar, desde las formas más sencillas, hasta el albino envasado en cajas de oro puro. Claro que para acompañar el caviar se tienen grandes cantidades de vodka, y por supuesto vinos espumosos.

Gracias al alto poder adquisitivo que han alcanzado los rusos, la tienda tiene desde el más sofisticados champagne francés, hasta múltiples vinos espumosos de otras latitudes.

Obviamente que en mi búsqueda de vinos interesantes me descubrí el área dedicada a los vinos de las antiguas provincias rusas donde encontré vinos de Georgia, Moldavia y Ucrania, pero la zona más llamó mi interés fue Uzbekistán, región de la que prácticamente no había escuchado nada de sus vinos en mi vida.

Había varias botellas que me cerraban el ojo y escogí una de ellas con muy buena pinta. El vino estaba elaborado con Alicante Bouché. Una uva que nada tenía que ver con las uvas de esas alejadas provincias.

Sin duda hay botellas de vino que solo puedes abrir con quien las puede apreciar y ese alguien era mi entrañable amigo barcelonés Francesc Flores, quien atento como siempre me esperaba en Barcelona, para pasar una pequeña velada acompañados de la botella que venía desde la tierra de los zares.

Del vino no hay mucho que decir solo “Bueno a secas”,  pero siempre es interesante tener experiencias no comunes en nuestros viajes. Te invito a ti, viajero del mundo, que te atrevas y escojas siempre cosas nuevas para abrir tu paladar a nuevos sabores.