Los vecinos

Por Dianeth Pérez Arreola

Pocas veces me he sentido tan mal como el pasado fin de semana. El sábado me dijo mi marido que nuestra hija de diez años le había contado que tuvo una diferencia con su amiga, la vecinita de la derecha.

Los niños se pelean y se reconcilian y creo que los adultos, a menos que sea algo grave, no deberíamos meternos, pues lo que suele suceder es que los niños después se contentan y los adultos se quedan de enemigos para siempre.

Pues bien, mi hija me contó que estaban en un parque cercano en los columpios. Luego la vecina decidió ir al pasamanos y mi hija decidió seguirla. Entonces la niña le gritó muy enojada que por qué siempre tenía que hacer lo mismo que ella. Mi hija decidió regresar a casa.

Al día siguiente mi hija estaba sentada frente a la casa platicando con su amiguito de un par de casas más adelante que la nuestra, cuando la madre de la vecina abrió la ventana y le gritó furiosa una sarta de groserías a mi hija. Yo no me di cuenta y ella no me dijo.

No puedo imaginar qué clase de cuento le habrá echado la vecina a su madre para que se haya puesto como loca. No concibo como una señora puede ponerse a gritarle majaderías a una niña. Debo decir además que el niño amigo de mi hija y esa niña ya tuvieron una pelea en el pasado y esta señora también le gritó cosas que un adulto inteligente y con criterio nunca gritaría. La madre del niño fue a reclamarle a esta señora y el resultado es que estos niños ya no juegan juntos y los padres ni se saludan.

De esa pelea mi hija fue testigo, y la versión que la vecina dio a su madre, no coincide con lo que pasó en realidad. Yo no me metí porque, ¿cómo dice una a un padre o una madre, que su hija está diciendo mentiras?  Creo que todos tenemos la obligación moral de creerle a nuestros hijos y decir algo como esto aunque sea verdad, solo empeora las posibilidades de arreglar el conflicto.

Decidimos que mi marido hablaría con los vecinos pero dejaríamos pasar un día para ver las cosas con cierta distancia, después de todo nos acabábamos de enterar. Pues no terminaba de digerir mi asombro y mi enojo, cuando al día siguiente empiezo a oír que el vecino, ahora de la izquierda, le está gritando a mi marido, que estaba afuera reparando y pintando la cerca de madera que divide nuestros patios.

“¿Por qué siempre tienes que estar trabajando afuera?, haces mucho ruido, no puedo estar tranquilo en mi casa”. No salió a hablar con él, salió gritando para que todo mundo oyera. El gorila macho alfa golpeándose el pecho, quejándose del ruido que hacía mi marido al pintar el cerco de nuestro lado.

No entiendo que le pasa a esta gente que parecía tan normal. Yo sinceramente creo que soy la mujer con la peor suerte del mundo. Si hay holandeses normales y buena onda, yo no estoy destinada a conocerlos.