Los últimos hijos

Por Daniel Salinas Basave

Cuando de figura paterna hablamos, su sombra castrante o su desoladora ausencia han desembocado no pocas veces en arroyos de puro néctar literario. Infinitos son los ejemplos: del Pedro Páramo  de Rulfo a la Carta al padre de Kafka  pasando por mil y un lecturas de las cuales al vuelo se me ocurren La invención de soledad de Auster, La clave Morse de Campbell o el mismísimo Hamlet  shakesperiano. En todos ellos habita la obsesión por el progenitor, retratado e invocado siempre desde la perspectiva del hijo.

Hay sin embargo otras historias donde la mirada es la del padre como es el caso de La carretera, de Cormac McCarthy, que leí pocas semanas después del nacimiento de mi hijo y me dejó por herencia uno de las sacudidas más extremas generadas por una obra literaria en mi vida adulta.

Desde entonces no había encontrado un relato de paternidad tan desgarrador como Los últimos hijos (Almadía 2015) del regiomontano Antonio Ramos Revillas. Si en Hamlet el padre es un fantasma, en la novela de Toño ese rol lo juega el hijo, un espectro límbico y acaso por eso mismo omnipresente. En esta historia la paternidad es un deseo, un impulso tan animal como ontológico.

Ramos Revillas nos narra la historia de una joven pareja regiomontana –Alberto e Irene- cuyo hijo muere en el útero a medio periodo de gestación. Una noche cualquiera, un robo domiciliario mancilla una zona sagrada de su intimidad: la habitación cerrada que hubiera sido de su hijo y en cuya cuna yace un muñeco.

El hecho desencadenará una serie de acontecimientos aparentemente irracionales y que sin embargo parecen marcados por una suerte de predestinación sin escapatoria en donde los personajes se limitarán a cumplir un designio. A Irene y a Alberto tan sólo les queda por herencia el bebé artificial, al que se aferran y rechazan con la misma intensidad, y un errabundo gato, como único receptor de su paternal instinto protector. Así es su vida, hasta que un acto impulsivo cometido por Alberto cambiará para siempre su suerte y los convertirá en fugitivos.

A medio camino entre la road novel y la parábola bíblica, Los últimos hijos es por momentos un reverso de Pedro Páramo, una historia innegablemente rulfiana en sus descripciones de la desolación zacatecana y las vidas de los habitantes de la yerma tierra del Sartejonal, espectral villorrio emparentado con Luvina.

Aunque la trama de la novela mantiene una constante tensión, la fuerza de Los últimos hijos yace en el tono que la impregna. Si bien el lenguaje es, sobre todo al comienzo, en extremo sobrio y austero, carente de escarceos metafóricos y juegos narrativos, Ramos consigue una historia fuerte, emocionalmente desgarradora. Su sólida construcción revela una madurez narrativa muy poco común en escritores de su generación. Es una novela-espejo de inusuales profundidades en donde tanto la trama como el lenguaje van in crescendo. Es también una novela de sombras en donde la fuerza radica en la espectral presencia de la pérdida y el deseo.