Los protochairos de El matadero

Por Daniel Salinas Basave

Releo El matadero, brutal relato del argentino Esteban Echeverría. Escrito alrededor de 1838, El matadero tiene todos los elementos para ser considerado el primer cuento moderno escrito en Hispanoamérica. Por lo que a mí respecta, me sorprende y me aterra su actualidad. Teniendo como escenario un matadero de reses en la periferia del antiguo Buenos Aires, la narración de Echeverría refleja la sinrazón y la bestialidad de la dictadura de Juan Manuel de Rosas, el Restaurador, el hombre todopoderoso de la Argentina de 1820 a 1852.

El matadero muestra un país polarizado en donde el fanatismo ha inmolado a la razón. ¿Les resulta familiar? Rosas, posiblemente el primer mandatario populista en la historia de Latinoamérica, fue un dictador cuyo poder estaba sustentado en el apoyo incondicional y sectario de los pobres. De estirpe gauchesca, Rosas fue objeto de adoración del “pueblo bueno” de aquel naciente país. Como sucede en toda dictadura, el hombre fuerte y el “pueblo bueno” deben tener un enemigo que encarne y represente todos los males, toda la corrupción y toda la vileza, y en el tiempo de Rosas los enemigos eran los unitarios. Los adversarios de Rosas eran burgueses ilustrados. Hoy les llamarían fifís, fascistas mezquinos, neoliberales, pero en aquel entonces eran perros unitarios y merecían la muerte por el solo hecho de serlo.

El clímax del cuento de Echeverría (un antirosista de cepa) es cuando una embrutecida turba adicta al dictador, asesina cruelmente a un unitario, desollándolo como si fuera una res, solamente por no llevar una insignia de apoyo al Restaurador. El unitario es rico, es culto y es blanco y eso es algo que la turba rosista odia. Da escalofríos ver a la muchedumbre fanatizada linchando al indefenso unitario mientras gritan vivas a Rosas. El gran acierto de Echeverría, y el elemento que con desparpajo muestra el terror de aquella dictadura, es que en lugar de soldados fuertemente armados o esbirros de un siniestro servicio secreto (personajes infaltables en los relatos de tiranos) en este cuento el asesino es el “pueblo bueno”. Es un crimen de odio cometido por una horda fanática que ama e idolatra a su dictador como a un dios y que por lo tanto odia a todo aquel que no lo apoye.

Con 180 años de anticipación, Echeverría está describiendo a los chairos mexicanos del 2018. El primer cuento hispanoamericano describe un escenario y un ánimo social que podría perfectamente ser aplicable al México de la cuarta transformación (ya después los argentinos padecerían a Perón, pero esa es otra historia).

Lo que más me asquea de los gobiernos totalitarios no es ver al tirano, sino a las masas que lo apoyan incondicionalmente. Líderes orates y megalómanos van y vienen, pero lo verdaderamente repugnante es ver cómo las multitudes ciegas les entregan su fe y su dignidad.

PD – Si quieren saber más sobre Esteban Echeverría les recomiendo la biografía novelada que ha escrito Martín Caparrós y si quieren dimensionar a Rosas, nada como el retrato que Tomás Eloy Martínez hizo de sus últimos días en Southampton.