Los pasillos de mi casa son largos

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Era despertarme y encontrarte justo ahí de frente con mi humanidad ofreciéndome un amuleto para la muerte, sentí la ironía, la burla, la bofetá, el motivo y le aplaudí de pie el chiste, mientras se retiraba con todas sus razones que cargaba en su largo abrigo de lana.

Puede ser que todos mis anhelos siguen infantes, inmaduros, ausentes, desnutridos, analfabetas y testarudos, quizá una parte de mi creció y abandono todo atrás como una manera de supervivencia, al igual que tantos recuerdos que no me hacían falta y ahora, ahora añoro porque será que nos abandonamos me pregunto, porque hay áreas de nuestro ser no habitadas, me pregunto qué ocurrió ahí  que no me permito regresar y la muy tonta de mí ni una sola foto de ello supe guardar.  

Estos días para mí han sido algo difíciles, algo confrontantes y viciados, porque duele algo, algo no palpable, algo que me irrita, algo que traigo en la punta de la lengua y no logra salir, como esas palabras que se van y no regresan, como la gran idea que te llego entre sueños y se pinchó a la llegada del amanecer algo así es lo que siento, algo que no tienen forma o nombre, algo que no logró detectar, pero duele, duele dentro de mí, quizá esté escondida entre las capas de la piel, dentro de un crucigrama del 92 que no pude completar o quizá dentro y frente de mi revuelta con todos estas preguntas.

Todo esto ha logrado cambiar mi hábitat interno, los ciclos y las estaciones y ahora me encuentro con un aire seco y ausente, si esta es una estación no sé qué nombre llevaría pero sería como el limbo entre el otoño y el  invierno, solo que ha llegado antes, mucho antes y lo sé que está aquí por la falta de la sal en mi sopa de a mediodía, la carencia de felicidad al observar lo amado, la falta de inspiración para combinar mi ropa, la ausencia del rubor en mis mejillas, el dolor en mis dedos de la mano derecha y la gran resequedad en mis comisuras. 

Mis tiempos están cambiando, mi vida a diario y mi diario cual cronómetro. Hoy escribo entre una tormenta de palabras, palabras filosas e hirientes, palabras reales y fuertes que vienen de las nubes extraviadas y negras, pero mi corazón y yo, y el yo ausente estamos y listos y adaptados, con vasos y cubetas la recibimos todas, debemos empaparnos de ellas para que pasen, para que esta nube pase debo sentirla, aceptarla, escucharla, para saber que existió y en su viva existencia cambiar la mía, solo así sobrevivo esta estación y solo aceptando, aceptando se pasan estos días.