Los otros bicentenarios del 21 

Por Daniel Salinas Basave

Este es un año de bicentenarios. En 1821, mientras Iturbide, Guerrero y compañía cimentaban el embrionario estado mexicano, en Europa nacían tres hombres de letras cuya obra definió (y define aún en gran medida) el rumbo y la esencia de eso que llamamos literatura contemporánea. Un poeta y dos novelistas que han marcado un sinfín de veredas literarias.

El 9 de abril nació Charles Baudelaire; el 11 de noviembre Fiódor Dostoievski y el 12 de diciembre Gustave Flaubert. Más allá de los paralelismos cronológicos, lo innegable es que los tres nos hicieron cruzar un umbral al mirar y plasmar la condición humana como nadie lo había hecho hasta entonces. Vaya, me atrevo a decir que todos los lectores de literatura en los siglos XX y XXI hemos abrevado de ellos directa o indirectamente.

Baudelaire nos enseñó a deleitarnos con la belleza de lo mórbido, a embriagarnos con las gotas sublimes del elixir del mal y a beatificar la decadencia. Imposible explicar la poesía moderna sin tomar como parámetro una obra seminal como Las Flores del Mal.

Baudelaire no solamente es el primer poeta maldito, sino el primer artista contracultural de la vida moderna, el que inauguró la figura del creador dandi, alucinado y errabundo capaz de encontrar la iluminación en la oscuridad y el bajo fondo. Además de fungir como innegable padre espiritual de Rimbaud, Mallarmé, Verlaine y todo el pandemonio simbolista, es también la fuente original de donde abreva el surrealismo.

Baudelaire fue el primero de los tres en morir. La sífilis y las malquerencias de su estilo de vida lo consumieron a los 46 años.

Dostoievski es acaso el primer narrador capaz de plasmar en palabra escrita las profundidades del alma humana, el primer novelista psicólogo cuyos personajes encarnaron las contradicciones inherentes a la insuficiencia ontológica.

Nunca un narrador había plasmado con tal claridad conceptos como la culpa, la tentación, la dualidad y la redención a través del sufrimiento plasmados en Crimen y castigo; la pobreza y la injusticia social reflejada en Humillados y ofendidos o Pobres gentes, el enfrentamiento entre la modernidad, la tradición y la filia al árbol genealógico encarnados en Los hermanos Karamázov; la locura, el amor no correspondido y las tinieblas interiores en Apuntes del subsuelo o Noches blancas y los extremos de devoción cristiana y el nihilismo anarquista en Los endemoniados y El idiota.

La lista de autores marcados por Dostoievski es inmensa. Baste mencionar dos premios Nobel del Siglo XXI, como son Coetzee y Pamuk, que se proclaman sus fieles admiradores.

Por lo que a Flaubert respecta, baste señalar que es el padre de la novela moderna y realista, el primer buscador de la arquitectura prosística perfecta, el gran maniaco del párrafo pulcro y la frase insustituible. Emergió (y rompió) con la tradición romántica de Stendhal y Balzac y se anticipó por varias décadas a naturalistas como Zola y Maupassant, de los que fue innegable influencia.

No le importa juzgar o valorar a sus personajes, sino narrarlos de la mejor manera posible, con un terco detallismo, plasmando el flujo de conciencia y el diálogo interno que marcarían la narrativa del Siglo XX. La Educación sentimental, Salammbo y sobre todo Madame Bovary aún siguen seduciendo y desbarrancando lectores (para Mario Vargas Llosa, un flaubertiano confeso, en Madame se puede leer el mejor pasaje erótico de la literatura universal).

¿Cuál de los tres está más vivo? ¿Cuál ha envejecido mejor? ¿Con quién ha sido más injusta la posteridad? No lo sé, pero su bicentenario es un excelente pretexto para releerlos.