Los nocturnos de Ana II 

Por Ana Celia Pérez Jiménez

También hay noches que llegan sin ser esperadas, como si el día hubiera sido tragado por un sencillo parpadeo, y todo el transcurso de minutos se sellaran ante tu rostro en una línea continua, parecido al tendedero de donde se prende la muerte, la muerte de esos momentos vacíos, pasados y sepultados sin nombre y memoria. No viviste y dormiste, pero en el sueño fuiste y ese atuendo de cama de la que se viste el alma a temprana hora igualmente prepara. Nada pasa por pasar nos dice continuamente la casualidad del azar, entonces bien, si reposo, si no ando, si no paso en nadie, ¿por dónde me coloco en la suerte de quien aparezco?, ¿es posible pasar por la vida propia sin ser reconocido?, como una bruja de cuento, como espíritu que cruza los pasillos, como ese ente que nadie descubre debajo de la sabana.

Últimamente me desprendo sin la necesidad de la luna, no necesito las luces apagadas para así cometerlo, me es necesario tan solamente el mareo y en la mente reposada poder reconocerlo. En mi persona no hay espanto de lo que desconozco, sin embargo, me sigue asustando ese dolor que percibo, tan familiar y tan hiriente que arriba en ocasiones, que me lleva lejos en medio de la gente, ese sí me asusta; se dónde ha lastimado, donde ha estado, donde espera, donde duele y por quien es dominado.

No siempre se observa como el verbo lo dice, yo lo sé, a mí me consta, a mí me pasa y después me deja. Soy ciega ante las palabras que no quiero repetir, ciega ante los momentos que no quiero recordar, ciega ante la vida en algunas fechas del calendario, las cuales no puedo o quizá no debo borrar, una ciega que ato a su guía.

No soy pobre y al decir pobre, sencillamente me niego a ser víctima, no soy lo que me pasa, soy lo que elijo ser después de todo, siempre he tenido esa facultad y si la tengo, ¡pues voy a usarla! Como esa oportunidad que muchos piensan que he perdido, ¡yo no he perdido nada!, yo creadora de esta vida que he vivido, en cada elección y respiro, no necesito de oportunidades para encontrar la puerta, se derrumbar, se trepar, se caer, se soldarme una escalera.

Mis momentos se llenan a las 6 de la tarde, cuando me siento en una silla de mi cuarto, tomo un té amargo que para digerir el día, pero no hay nada que me haga digerir tanto pensamiento, ¡no es queja advierto!, todos pensamos aclaro!, pero no siempre con el mismo contenido; algunos pensamientos son como burbujas de jabón, que dejarán de ser en cualquier instante sin haber cometida nada y otro son como una pedrada, que caen justamente para crear un momento, el meteoro del día que llega a querer aniquilarlo todo.

Qué frías son las noches y lo digo como un cumplido, arroparme en mi persona, llenarme de mi perfume, calentarme con mi aliento; en la cueva de una sola persona, leer mis intentos, saberme vulnerable, estar en movimiento cuando todos reposan. El silencio solo mío y yo interrumpiéndolo a cada rato, con tantos “peros” con tantas historias, con algunas canciones. El soñador no sueña con mis sueños, el enfermo no carga con mi dolor, el vivo no tiene mi vida; estas son mis palabras y yo tengo mis velas y a esas solamente las apago yo.