Los Mitos del Bicentenario: Show de libros; país de no lectores

No deja de ser una gran paradoja o una broma de humor negro que el show libresco más impresionante del mundo de habla hispana se desarrolle en un país cuyos índices de lectura son menos que miserables. 

Cualquiera que vea el flujo de gente que se amontona en los pasillos de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, tendría razones para pensar que México es un país de lectores y que el libro, las librerías y la industria editorial gozan de excelente salud por estos rumbos. Vaya, si hay multitudes apretujadas haciendo fila por entrar a una fiesta cuyo pretexto es el libro, entonces podemos concluir que los mexicanos somos unos bibliófilos incurables.

Los números de la feria impresionan a cualquiera. A lo largo de ocho días se desarrollan más de mil actividades con 600 autores procedentes de 28 países distintos; 550 presentaciones de libros y 20 mil profesionales del sector procedentes de otros 42 países. En sus pasillos se dan cita mil 900 editoriales y la afluencia estimada de visitantes supera los 700 mil, todo dentro de un espacio de 34 mil metros cuadrados.

Cifras descomunales que países bibliófilos como España y Argentina no han podido presumir en toda su historia. Además, con o sin crisis, los números de la FIL siempre van a la alza. Cada año hay más metros cuadrados, más autores, más visitantes y también más ventas, pero pese a ello los mexicanos simplemente no leemos y en todo el país siguen cerrando librerías.

Sí, el libro es en teoría el festejado, el pretexto para esa pasarela de egos, aspiraciones, guaruras, corbatas, fotografías, maquillajes, pero pasada la feria y la alharaca, México despierta en su jodidísima realidad donde millones de mexicanos, empezando por el presidente, no leen ni van a leer nunca un triste libro en sus vidas. Qué bueno que exista la FIL y que existan también las decenas de ferias librescas -medianas y pequeñas- que se celebran a lo largo y ancho del país.

Yo las disfruto y las aprovecho, pues son la Disneylandia de un bibliófilo. Por supuesto que son eventos benéficos para la comunidad y que en algo o en mucho apoyan a quienes directa o indirectamente estamos relacionados con el mundo del libro.

Digamos que sería mucho peor si la FIL no existiera. Sin embargo, me queda muy claro que tanta grandilocuencia apenas incide en los índices de lectura y me atrevo a afirmar que muchos de los que se pasean y se toman fotos en la FIL, engrosan y seguirán engrosando el elevado promedio de no lectores.

La lectura es un acto sencillito, que tiene que ver más con la vida cotidiana que con alfombras rojas. Nunca, por ejemplo, he ido a un congreso de cafetaleros y sin embargo el café no puede faltar en ninguna mañana de mi vida. Con el libro pasa lo mismo. Puede haber o no alfombras rojas y yo voy a seguir leyendo y comprando libros todas las semanas en la librería mi ciudad. Sigo creyendo que esa es la mejor forma de apoyar a la lectura.