Los Mitos del Bicentenario: Senderos de traición

Históricamente la política mexicana ha premiado a los traidores. La traición ha sido la norma y no la excepción en los juegos de poder. Sin embargo, creo que si se tuviera que elaborar una suerte de ranking de la vileza humana en nuestra Historia, muchos votarían por la traición de Victoriano Huerta contra Francisco I. Madero como el non plus ultra de la bajeza. En este mes de febrero se cumplen cien años de la caída del primer gobierno plenamente democrático que existió en este país. La manera en que se operó y consumó la caída y asesinato de Madero y Pino Suárez siempre me ha parecido propia de una tragedia shakesperiana, un drama perfectamente equiparable con Macbeth en donde la ambición y la crueldad acabaron por devorar a todos. Una traición que se fue construyendo y fraguando lentamente desde las sombras, en los sótanos de los cuarteles militares y en las prisiones donde purgaban sus condenas los generales golpistas Félix Díaz y Bernardo Reyes, con la complicidad de Victoriano Huerta y el embajador estadounidense Henry Lane Wilson. En los primeros días de febrero de 1913 todo mundo sabía que se preparaba un golpe militar contra Madero. Todos menos el Presidente de la República que seguía inmerso en su ilusa buena fe, desoyendo las advertencias de su hermano Gustavo y consultando a los espíritus a través de la Ouija. Cuenta la leyenda que a Madero, espiritista practicante, le había sido revelado su trágico destino de mártir al que simplemente se resignó, razón por la cual su esposa Sara y él no quisieron tener hijos. Madero hizo de la democracia un apostolado y estuvo dispuesto a morir por ella. Perdonó la vida a Félix Díaz después de su fracasado golpe en Veracruz y reivindicó a Victoriano Huerta pese a que Gustavo Madero había demostrado con pruebas su traición. Al puñado de militares golpistas que yacían sitiados en la Ciudadela pudo haberlos vencido fácilmente con solo matarlos de hambre. Si en lugar de darle el mando de las tropas a Huerta se lo hubiera dado a Felipe Ángeles, la Decena Trágica se hubiera evitado. Madero tuvo todo en sus manos para salvar la democracia y salvar su vida, pero acabó inmolado en el altar de sacrificios de la traición. A su hermano Gustavo lo masacraron en la Ciudadela después de humillarlo y torturarlo, vaciando con una bayoneta su único ojo. A Madero lo pudieron haber mandado a un digno exilio a La Habana, pero Huerta no quiso correr el riesgo de tener un héroe vivo que pudiera tomar venganza.

La noche del 22 de febrero, aniversario del nacimiento de George Washington, mientras Huerta y Wilson brindaban con whisky en la embajada por el Presidents Day, Madero y Pino Suárez eran asesinados por la espalda en los llanos de San Lázaro por el mayor Francisco Cárdenas y el teniente Rafael Pimienta. La más vil de las traiciones de nuestra historia se consumaba. Cien años después ya no hay, por fortuna, armas ni golpes militares, pero la política actual sigue recompensando a quienes han hecho de la traición y la vileza un camino de vida para escalar peldaños. Solo basta con mirar alrededor.