Los Mitos del Bicentenario: Salvaje detective de biblioteca

La compulsiva exploración de nuestras bibliotecas públicas es y ha sido para mí un vicio recurrente. Lo hago por puro y vil síndrome de Alonso Quijano, por esa rara paz interior que me produce estar entre libros.

Sin embargo, debo confesar también cierta intención detectivesca en estas periódicas incursiones, como si realizara una labor de inspector vocacional.

Lo primero que reviso es el acervo y su distribución. La constante en cada biblioteca, aparte de la deficiente o inexistente clasificación, es la desproporcionada cantidad de ejemplares obsoletos que hacen bulto y ocupan espacio en los libreros.

Un ejemplo que me resulta el non plus ultra de lo patético, es que buena parte del espacio disponible en toda biblioteca pública mexicana es ocupado por memorias de campañas de políticos corruptos, informes de gobierno, anuarios de secretarías y otros bodrios. Toneladas y toneladas de papel desechable de los que se imprimieron decenas o cientos de miles de ejemplares que nunca nadie ni por casualidad leerá y llevan 20 o 30 años arrumbados, ocupando el espacio que podría disponerse para obras con valor.

Las bibliotecas reciben lo que les donan y nuestros tlatoanis sexenales, embriagados en su narcicismo, las atiborran con su basura, cuya edición por cierto fue pagada con nuestro dinero. Esta semana topé con las memorias de la fraudulenta campaña electoral de Carlos Salinas de Gortari en 1988. Doce tomos en donde se transcriben textuales todos los discursos del calvo candidato priista.

¿Quién querrá torturarse leyendo algún mal día esas peroratas? A menos que estuvieras escribiendo una biografía o una tesis exhaustiva sobre el político en cuestión, me cuesta trabajo creer que alguien espontáneamente vaya a abrir algún día esos ejemplares. ¿Cuántos años llevan ahí arrumbados sin que nadie los abra? ¿Cuántos años más transcurrirán antes de que alguien se decida a echarlos fuera? ¿Por qué nuestras bibliotecas siguen con ortodoxa religiosidad el principio de la inutilidad y la obsolescencia?

Pero la galería de lo caduco no acaba ahí. En la sección de computación y tecnología no son poco frecuentes los manuales o guías para estudiar programas que fueron prácticos en los años 80. ¿Alguien necesita una introducción a la programación de computadoras en lenguaje Básic de 1985? Pues yo acabo de encontrar varios ejemplares de esos en la biblioteca de Rosarito y no me explico qué otra utilidad pueden tener aparte de fungir como objeto vintage.

En la sección de Bellas Artes, por ejemplo, encontré un libro llamado Bases biológicas para la reproducción bovina junto a una guía de motores eléctricos y un manual para trazar patrones básicos en corte y confección.

Con todo, hasta la más humilde biblioteca oculta siempre algún tesoro y alguna grata sorpresa, como la colección México Lee del Conaculta, que me parece de lo más completa y diversa, con alternativas de lectura para todas las edades y gustos. Por supuesto, en toda biblioteca hay uno o dos diamantes editoriales brillando tímidos y disimulados entre los kilos de carbón, como si sólo quisieran mostrarse ante aquel obsesivo explorador capaz de apreciarlos.